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BIOGRAFÍA DEL PADRE MIGUEL RUIZ AYÚCAR S.J.

 

Por Nete Parga

 

 

 

Estas páginas sobre la vida, del P. Ayúcar no pretenden ser una biografía exhaustiva, con carácter definitivo, sino más bien un recuerdo de ciertas etapas de su riquísimo quehacer entre nosotros, intentando dar unas pinceladas expresivas de este hombre tan de Dios. Seguramente vaya en estas líneas más cariño que habilidad y acierto; otros las ampliarán o retocarán, y entre todos resultará algo más completo y mejor hecho. En cierto modo es una biografía que hacemos entre muchos, intercambiando impresiones, haciendo aportaciones y comentando muchas cosas. Por eso he preferido escribirla en plural.

 

El P. Ayúcar vino al mundo en el seno de una familia numerosa de once hermanos, un 26 de noviembre de 1911, en la calle Colegios número 5 de Ciudad Rodrigo (Salamanca). Fue bautizado el 4 de diciembre del mismo año en la Parroquia de San Isidoro, y recibió la primera comunión en la capilla del Hospital, el 7 de octubre de 1918.

 

Su padre Eduardo, notario de profesión, lo llevaba algunas veces a los pueblos cercanos cuando se trasladaba para hacer testamentos a domicilio, y otros menesteres propios de su profesión. Miguel ya leía y escribía, y comentaban los paisanos: “El chico del notario ya sabe escribir”.

 

Pero el “chico del notario”, en las charlas con su padre oía este repetido anhelo: ¡Si alguno de vosotros quisiera ser sacerdote, sería para mí una gran satisfacción!

 

Pues bien, Miguel, con once años, deja la casa paterna para cursar sus estudios primarios en el Seminario Menor de Ciudad Real, desde el año 1923 al año 1927, y los secundarios en el Noviciado de Aranjuez, desde este año hasta 1931. Con 18 años lo encontramos en Loyola, y después en Oña (Burgos). De los 19 a los 21 está en Merneffe (Bélgica) y en Wisbecq y, al regresa a España, su magisterio se ve afectado por la guerra civil española. Los primeros años trabaja en Estremoz (Portugal), donde se había refugiado el colegio de Villafranca de los Barros.

 

Estalla la guerra civil, y es designado como ayudante de una Capellanía Militar en una división de choque, cerca de Peñarroya y en otros lugares. Los soldados le admiran por su valentía y su sentido de servicio, siempre dispuesto a ayudar, aceptando misiones arriesgadas por evitárselas a otros. En una ocasión, nos contaba el P Ayúcar cómo, estando en el campo de batalla, oyó una bala pasar tan cerca de sus piernas que se las hubiera segado de cuajo de no haberlas replegado, “por casualidad”, segundos antes. Ya lo estaba cuidando un Dios-Padre que él aún “no había descubierto”.

 

Sus compañeros en las trincheras, le admiraban. Para ellos era “Don Miguel”. Le preguntaban algunos, sabiendo que “iba para cura”, si no le gustaban las chicas: -Me gustan mucho –decía- pero aún me gusta más Dios.-

 

Terminada la guerra, cursa los Estudios Superiores de Teología en Granada, con excelentes calificaciones, y canta misa el 13 de Mayo de 1942, a los 30 años.

 

¡Se había cumplido la gran ilusión de su padre¡

 

Dos años después supera la Tercera Probación, que solamente los jesuitas más brillantes consiguen.

 

Es nombrado Subdirector, y luego Director de la Congregación Mariana universitaria, que tiene su sede en la calle Zorrilla de Madrid; cargo que ocupará durante cinco años. Predica en la capilla de la Residencia, y se revela como excelente orador, y el templo rebosa de fieles que acuden a escuchar sus sermones o sus homilías.

 

El 2 de febrero de 1946 hace, en Aranjuez, su Profesión solemne.

 

Pero lo más valioso a sus ojos está aún por llegar, será lo que él llamaría: “mi descubrimiento de la caridad”.

 

Podríamos preguntarnos qué sentido tenia esta afirmación, o cuál era su alcance. Pues bien, durante la guerra, en los momentos menos acuciantes, aquel soldado llamado Miguel, sacaba de su bolsillo la Cartas de San Pablo; las leía y releía, y se fijaba en las recomendaciones que hacía el apóstol a Los Corintios, a Los Romanos; y repasaba también las Epístolas de San Juan, recordando aquel comportamiento tan característico de las primeras comunidades cristianas, que hacía exclamar a muchos: ¡ mirad como se aman!. Esto no ocurría entre el común de los cristianos del momento, ni siquiera entre aquellos que destacaban por sus prácticas religiosas, y su vida intachable. Tampoco era frecuente entre fieles comprometidos que militaban en organizaciones seglares, como Acción Católica o las Congregaciones Marianas, que él había dirigido y conocía desde dentro. Convencido de todo esto, y con esa Luz que le ha caracterizado toda su vida, “estrena” su reciente descubrimiento de la caridad en un valiente sermón que pronuncia en Toledo, el año 1947, ante un nutrido grupo de sacerdotes, párrocos, canónigos y altas jerarquías de La Iglesia. Era un viernes, al final de unos Ejercicios Espirituales de una semana. Comenzaba así:

 

“Ni a ustedes en el seminario, ni a nosotros en el noviciado nos han enseñado la recta manera de ir a Dios.

 

Permítanme que les hable de ello, confiando en la benevolencia con que me han escuchado estos días, en la amistad que entre nosotros ha brotado esta semana sin separarnos, en su misericordia conmigo, que soy el más pequeño de todos los que aquí estamos. Si en algo me extralimito perdonen con bondad y reduzcan a sus debidos bordes aquello que acaso un poco yo desborde. Déjenme hoy que les hable, no de lo que dijo San Ignacio o Santo Tomás o San Agustín, o el Beato Avila, sino de lo que pienso yo y les voy a decir.

 

Nos han enseñado la mortificación, la penitencia, el sacrificio, la obediencia, la religiosidad, el culto y la liturgia; la moral, la teología y la devoción, la meditación, la oración y el recogimiento; el retiro y el silencio, la castidad, la virginidad y la modestia, la humildad, la cruz y la paciencia, la devoción a María bendita, a la Eucaristía, a la Misa y al Sagrario, el amor a Jesucristo en el Pesebre y en el Crucifijo, la confianza en Dios, la presencia de Dios etc., etc.

 

Pero lo que no nos han enseñado es lo primero y principal en la vida espiritual, lo que más vale, lo que Cristo enseñó como lo fundamental, lo que Dios más quiere, sin lo que nadie puede salvarse, ser bueno, ser de Dios… Y eso es el amor al prójimo; un amor de veras, siempre y de todo corazón, es decir: la caridad.”

 

A esta formidable introducción siguió la primera plática sobre el amor al prójimo. Muchos de los que le escucharon comentaban que nunca había vuelto a hablar como aquel día. El éxito fue total.

 

Parece que anticipara frases de oro que escribiría más tarde en su obra El Evangelio y los Santos de las Grandes Religiones, o en La Dirección Espiritual. He aquí algunas:

 

“El lugar más seguro para besar a Dios es la mejilla del prójimo”.

 

“El movimiento hacia la caridad es el único movimiento que mete en Dios”.

 

“Tanto más se es de Dios cuanto más se sea del prójimo”.

 

Hoy, en el siglo XXI, parece inconcebible que esta manera de predicar o de escribir pudiera desencadenar una persecución que terminaría en cárcel, con incomunicación total, como veremos después; pero cuando el P. Ayúcar pronunciaba este sermón, en el año 1947, faltaba tiempo para la celebración del Concilio Vaticano II que traería una gran apertura a La Iglesia, y una preocupación por los temas sociales. El P. Ayúcar, con esa visión profética de los que son muy de Dios, se había adelantado al concilio… ¡y lo pagaría caro!

 

Los años 1951 y 1952 estuvo “confinado”, en expresión suya, en la Residencia y Colegio de Chamartín, a las afueras de Madrid, alejándole así de la predicación y contacto con los fieles. Pero él aprovechó este “parón” en sus actividades apostólicas para “zambullirse” en el estudio de La Biblia y de los Santos Padres, sirviéndose de la magnífica biblioteca que tenía la Casa. Profundizaba más y más en los Textos Sagrados, conocidos bien desde el noviciado, pero manejados ahora con total soltura y familiaridad. Con este amplio bagaje doctrinal, y terminada su estancia en Chamartín, redacta su primer libro: El Cristianismo es Amor, acabado el día de San Ignacio del año 1954. Merece la pena recorrer sus páginas para enterarse bien de los matices de la caridad, su diferencia con la limosna, cómo practicarla y aumentarla para ir siendo más hijos de Dios…

 

Son muy expresivas algunas frases del autor sobre el amor al prójimo, acertadamente recopiladas por un íntimo amigo, cordobés. Aquí van:

 

 

“La caridad es lo fundamental, es la piedra angular de nuestra vida espiritual y material.”

 

“Es la norma de actuación en todo momento y circunstancia.”

 

“Todas las virtudes (humildad, pobreza, obediencia...) son buenas y válidas si ayudan a la caridad, o no la estorban.”

 

“Las leyes son a tener en cuenta si no van contra la caridad.”

 

“La caridad es el amor al prójimo porque sí, porque se le ama; no porque se vea en él a Jesucristo o a Dios.”

 

“El Amor nos lo da Dios Padre, porque nos ama enormemente, y porque es su propia naturaleza.”

 

“Vivir la caridad es que el amor se traduzca en actos.”

 

“Caridad es el amor a los demás que brota en nuestro amor a Dios. Es un afecto del corazón que nos lleva a desvivirnos por ellos, y volver nuestra vida hacia los demás”.

 

 

Nos cuenta el P. Ayúcar que, cuando al final de sus ejercicios espirituales o charlas religiosas los fieles habían cogido bien la idea de esta virtud, y querían tenerla, surgía siempre la pregunta de cómo llevarla a la práctica en la vida cotidiana. Lo curioso era que la misma pregunta se repetía, una y otra vez en grupos muy diversos, y entre oyentes muy distintos; así que decidió componer unas líneas que fueran desgranando matices del amor a los demás como una marcha ascendente, escalonada, de sugerencias concretas para ir queriendo a todos. El resultado fue una admirable composición, llamada “Ser Bueno”, que cerrará esta biografía, y que adelantamos ahora. Comienza así:

 

“Si das a cada uno su derecho

y haces justicia al desvalido

que carece de patrono e influencia…

 

Para terminar:

 

“Si piensas en los otros más que en ti

y tu vida está vuelta a los demás;

si te arriesgas por el prójimo

y te metes en peligros;

si te empobreces por enriquecerle

y das tu vida por la suya;

si por su honor tu honor expones,

y aun tu gloria por la suya:

Entonces ya eres del todo cristiano;

y eso es ser bueno.

No busques más, que ya estás en Dios.”

 

 

En el mismo libro aparece también un poema que describe cómo irnos “divinizando” por medio del amor. Dice:

 

“Bailaba gozosa la llama,

y un carbón admiraba su danza;

bailaba la llama desnuda, en el invierno,

y un hierro frío la envidiaba;

chisporroteaba, dando luz,

y una astilla suspiraba:

¡si pudiera yo dar luz”…

 

Y dijo la llama al carbón:

“hazte fuego y danzarás”.

Y el carbón se entró en el fuego,

y pronto era una llama que danzaba.

 

Y dijo la llama al hierro:

“Hazte fuego, y estarás caliente”.

Y el hierro se entró en el fuego,

y pronto estuvo incandescente.

 

Y dijo la llama a la astilla:

“Hazte fuego, y darás luz”.

La astilla se entró en el fuego,

y luego era toda una luz en derredor.

 

Hierro, astilla, carbón,

¿qué hicisteis para ser llama?

“Como la llama es fuego,

nos hicimos fuego

y quedamos llama”.

 

Cristiano que eres hierro, astilla o carbón:

si quieres ser llama, hazte fuego,

porque la llama es fuego;

si quieres hacerte Dios, hazte amor,

porque Dios es Amor.

 

Cinco años más tarde, cuando ya había cumplido los cuarenta, el P. Ayúcar hace su “segundo descubrimiento”: Dios es Padre, y somos sus hijos si queremos serlo, no diciéndoselo de palabra sino con obras.

 

La idea de que Dios es nuestro Padre recorre los Evangelios del principio al fin, y está permanentemente en labios de Jesús, pero en los escritos al uso se resaltaba tanto la figura de Cristo, que resultaba un biombo que ocultaba al Padre, en lugar de un camino que llevara a Él. Había que darle su justo lugar, y poner de relieve, en toda su dimensión, la figura entrañable de un Dios Padre-Madre a quien Jesús llamaba Abba, Papá.

 

Estas ideas están recogidas, de manera sencilla y poética, en la obra titulada Dios es Padre, escrita en 1955. Basta leer un delicioso “Idilio”, que aparece en las primeras páginas del texto, partiendo de Isaías, Oseas y El Cantar de los Cantares, en un diálogo amoroso establecido entre Dios y su hijo, digno de San Juan de la Cruz.

 

De nuevo nuestro amigo cordobés vino a resumir, en algunas frases, el contenido del libro.

 

“La fe es la relación filial del hombre con Dios, es el cordón umbilical por donde el Padre derrama sus bienes.”

 

“La fe es confianza total en el Padre, abandonarse en Él, ser niños.”

 

“Dios nos dio la existencia para ser amor y fe.”

 

“La fe se alimenta de dudas; con ellas crece y se desarrolla”.

 

“La fe grande es un gran amor que ciegamente se entrega”

 

“El acto de amor más bello, es no querer saber los motivos de Dios, y aceptar los hechos"

 

“Jesucristo vino al mundo a implantar el amor, a reintegrarnos a la naturaleza divina que habíamos perdido por el pecado original, a enseñarnos cómo conseguir ser hijos de Dios.”

 

“Los hijos de Dios, con su caridad, “ayudan” y “colaboran” con Dios Padre a distribuir su amor y socorrer a los hombres. Son instrumentos del Padre”.

 

“El centro de nuestra atención ha de ser nuestro Padre del cielo en el que ponemos nuestra fe, y el amor a todos, la caridad.”

 

Estas dos ideas-eje que vertebran toda la Doctrina Cristiana, que Dios es nuestro Padre y que tenemos que amarnos unos a otros, constituyen La Verdad; la Gran Verdad, con mayúscula, que será tema de la tercera obra, del P. Ayúcar: “La Verdad”, escrita en 1956. Sus últimas páginas hacen un hermoso llamamiento a Ella, apoyándose en el Libro de Los Proverbios 8,1-36, en el Sermón de La Cena de Juan 1, 1-18 y en la Bendición de la Verdad de Lucas 11,27-28, y Lc 1, 45.

 

He aquí algunas frases del autor:

 

 

“La Verdad es una luz que ama, o un amor que luce. Es la claridad de la caridad.”

 

“La Verdad es la voz del amor, su música con la que te invita a abrirle el balcón, el haz de sol que baña tus plantas. Déjalas indefensas ante sus dardos de oro, y brotarán las flores, y se abrirá gozosa, una campánula blanca: la caridad.”

 

 “Dios no es un hombre, no es un ser limitado por contornos y presencia; es El Bien, es La Verdad, es El Amor y, cuando se le posee, se siente la plenitud del bien”.

 

“El Espíritu Santo es el amor del Padre y del Hijo, el nudo divino con que se enlazan Los Dos. Es el Suspiro con que el Padre se estremece hacia El Hijo y hacia todos. El Espíritu es el amor permanente de Padre e Hijo. Se amaban Los Dos, y amaban su amor. Se amaban Los Tres.”

 

 

Estas primeras obras fueron inicialmente dadas a conocer por medios tan rudimentarios como la multicopia, sacada a ciclostil, única posible difusión entre los fieles de unos textos absolutamente prohibidos y que, a pesar de ello, lograron “colarse” en algún centro religioso como el Seminario Mayor de Salamanca. Años más tarde pasarían la censura y verían la luz en la editorial Apostolado de la Prensa de Madrid, y en la editorial Mensajero de Bilbao, con el “nihil obstat”, de José Velasco, sacerdote jesuita y Censor Eclesiástico. Era el año 1967 para El Cristianismo es Amor, el año 1968 para Dios es Padre, y el año 1970 para La Verdad.

 

Escribe su autor en carta a unos amigos, el 1 de septiembre de 1970: “Os doy la buena noticia de que “La Verdad” ha pasado la censura, y me han enviado las primeras pruebas. Así que ya sabéis: ¡Aleluya!

 

Antes de llegarle esta autorización al Padre Ayúcar, difundía las ideas del Evangelio con su predicación, viajando por toda España, aunque su residencia habitual estuviera en Madrid, en la Casa de la calle de Cedaceros, hoy desaparecida.

 

Hay una anécdota significativa que podría recordarse aquí y que, pareciendo irrelevante, resulta enternecedora. Se trata de una vendedora de periódicos, que solía colocarse en la esquina de la calle Cedaceros con la calle Zorrilla, debajo de los balcones que formaban el chaflán de la Casa de los jesuitas. Nuestro P. Ayúcar la observaba a través de los cristales. No la conocía de nada. Se preguntaba si él, que tanto predicaba la caridad, la tendría con aquella viejecita que estaba pasando frío. Se asomó de nuevo a la ventana, después de un rato, y al ver que su gran montón de periódicos apilados iba disminuyendo, sintió un gran alivio porque aquella anciana, cuyo nombre ni siquiera sabía, pronto podría volverse a casa. Regresó a su despacho tranquilo. ¡La quería aún sin conocerla!

 

* * *

 

El año 1958 el P. Ayúcar es desterrado a Murcia, y “confinado” allí hasta 1962. Los más beneficiados de este confinamiento fueron los pobres de la ciudad

 

Bajo prohibición absoluta de predicar, dar ejercicios, retiros espirituales, charlas o conferencias, se entrega en cuerpo y alma a la atención de los marginados que se hacinaban en el cinturón de la villa. Con ayuda de seglares que le acompañan, y de una señora que los coordina, empieza a visitar a las familias más necesitadas, y a repartirles ropa, alimentos, mantas, pero sobre todo a establecer con ellas ese trato directo y entrañable que le permita conocer mejor sus necesidades, sus dolores, su situación.

 

Comprueba que el problema más común y más grave es la falta de trabajo. Consigue contactar con unos grandes almacenes de ropa en Madrid, que necesitan confección de prendas ya cortadas, y organiza talleres de mujeres, que las coserán y las terminarán, para devolverlas a la capital. Les proporciona máquinas de coser compradas con la ayuda de amigos y benefactores, que ellas irán pagando poco a poco, hasta que sean suyas.

 

En unos cuantos meses, cuando ya comenzaba a desaparecer el hambre de los barrios marginales, comunican al P. Ayúcar, en secreto y con prohibición de comentarlo a nadie, que será trasladado a Ciudad Real, donde quedará totalmente incomunicado, sin permiso para recibir ninguna visita, llamada telefónica o correo. Estamos en el año 1962.

 

Pero la labor con los más necesitados estaba hecha, y poco antes de ser trasladado escribía: “Pienso que es valioso y merece la pena estar desterrado, para poder cuidar a los pobres. Es el mejor regalo que Dios me ha hecho. Bueno, el mejor no sé, pero sí uno de los más bellos. Dios sabe cuándo volveré a ser útil predicando; entretanto, pienso en todos vosotros y me delicio con los pobres.”

 

Estos pobres de quienes habla se enteran, de una manera “casual”, que más bien es providencial, de la expulsión de “su Padre Ayúcar “, pues al abrir la ventana de su habitación para regar una maceta, ve pasar por la acera a un amigo de total confianza, y le hace señas para que se acerque y recoja un papel en el que acaba de escribir, a toda prisa, hora de salida y destino del tren en el que viajará. Este improvisadísimo mensaje llega al suelo atado a una piedrecita cogida de aquella maceta. Poco después los pobres conocen la noticia del traslado, y se “amotinan” delante de la Residencia de los Jesuitas para evitar la partida del P. Ayúcar, porque “nos quedamos sin padre”, dicen. Pero, inevitablemente es custodiado a la estación de ferrocarril hasta el momento de salir el tren, que le llevará Madrid, para continuar viaje a Aranjuez, y pocos días después a Ciudad Real, donde quedaría completamente incomunicado durante los años 1962 al 1964.

 

Amigos íntimos que se han enterado de la noticia, siguen al tren por carretera en coches particulares, y lo abordan en su primera parada. Podemos imaginar la sorpresa, la alegría y el consuelo del “desterrado” al verlos aparecer, en momentos tan duros. Les cuenta que lo llevan a Aranjuez. Uno de los amigos se baja en la primera parada para avisar a otros de Madrid, en este caso a dos señoras con coche, quienes a su vez avisan a un matrimonio que se les une, y los cuatro se las arreglan para llegar a la parada de tren anterior a Aranjuez, subirse, acompañar al P. Ayúcar, y charlar el poco tiempo que queda antes de llegar a su destino. Por el último vagón se estaban bajando los amigos que habían subido cerca de Murcia, sin saber que por el primero aparecían los recién llegados, poco antes de Aranjuez.

 

Estrategias de un Dios tan cercano, que así daba señales de estar bien atento a la situación que atravesaba este hijo suyo, que se lo estaba jugando todo por vivir y enseñar el Evangelio.

 

 Cuando el tren entraba en la estación, una intensa nevada caía sobre la ciudad.

 

Allí está pocos días. Algunos amigos muy íntimos merodean por los alrededores de la Casa, atisban por unos terrenos yermos que la rodean por la parte trasera, y ven de lejos al P. Ayúcar, que les hace señas indicando que les ha visto. Volverán al día siguiente, a la caída de la tarde; y cuando de nuevo aparece a lo lejos como la víspera, comienza a entrar una niebla que va espesando por momentos, y que le ampara para acercarse a un coche estacionado del otro lado de una alambrada, que era el de sus íntimos amigos. Se cuela por un hueco de la deteriorada tela metálica, y se refugia dentro del vehículo por unos minutos, los suficientes para informarles del destino que le esperaba y en qué condiciones, en Ciudad Real.

 

Por si pudiera ser visto por alguien a través de las ventanillas a pesar de la niebla, los amigos le han colocado una bufanda y un sombrero que disimula su identidad. Hay mucho que hablar y muy poco tiempo; pero el suficiente para que les cuente el tremendo interrogatorio al que ha sido sometido, la víspera.

 

“Nuestro héroe” no piensa abandonar La Compañía de Jesús, aunque bien lo merecería tan cruel comportamiento. Decide aguantar, orar y, cuando termine el cautiverio, inculcar la caridad con el ejemplo, devolviendo bien por mal.

 

El tiempo apremia y la conversación dentro del coche tiene que terminar, pues ha de volver antes de que noten su ausencia.

 

Si las circunstancias no hubieran sido tan dolorosas, hubiéramos incluso podido encontrar el lado cómico de la escena, o cuando menos el paralelismo con la intriga o suspense que rodea a aquellos personajes de las novelas de Agatha Christie, moviéndose impunemente entre las espesas nieblas londinenses, novelas a las que, por otro lado fue aficionándose nuestro P. Ayúcar, a lo largo de sus múltiples confinamientos y aislamientos, como remedio fácil para combatir el insomnio en aquellas noches en que, las preocupaciones o el cansancio le impedían conciliar el sueño. Aunque el arma más eficaz para él era siempre la oración, apoyada en una fe inquebrantable, que nos asegura que siempre nos rodean Los Brazos de Nuestro Padre del Cielo, porque en definitiva “nuestra vida la lleva Dios, y la mejor colaboración es la fe”, según escribe en una carta.

 

* * *

 

En Ciudad Real la incomunicación es total. A cualquier llamada telefónica responden que no hay ningún P. Ayúcar allí. Un hermano suyo, policía de profesión, que va a visitarlo, no logra verlo ni tener noticia de su paradero, hasta que se identifica y consigue que baje a la sala de visitas.

 

Unos meses después accederán a que reciba a familiares muy allegados como hermanos o sobrinos.

 

Por si algunos “aventurados” fueran a Ciudad Real para asistir a la misa del P. Ayúcar, se la ponen a las siete de la mañana; pero medida tan “disuasoria” no impide que algunos "valientes" viajen por la noche para llegar a esa hora, oír misa, comulgar y regresar a sus ciudades de origen, con la satisfacción de haberle acompañado esos treinta minutos, y de haber visto la sonrisa y la paz inalterables dibujadas en su rostro.

 

Conservamos algunas notitas minúsculas, sin fecha, y de cualquier papel que encontraba por la sacristía, y que servían de soporte a unas líneas tan breves como expresivas: Os he visto, ¡aleluya! Veo que estáis bien. Yo también. Abrazos”. Sin firma.

 

En este nuevo destino-destierro se le prohibe toda actividad apostólica, y se le dedica a dar clases a los niños pobres de la escuela. A través de ellos llega a sus familias, y a los problemas y necesidades que tienen; como la de aquel padre de un alumno que iba a su trabajo en bicicleta y, al no tener dinero para reparar la llanta de una rueda pinchada, no le quedaba más remedio que ir andando. Llegaba cansado, y regresaba rendido tras la jornada laboral. Estaba a punto de perder su empleo, cuando llegó aún a tiempo la ayuda del P. Ayúcar, que remedió la situación.

 

Este hombre quiso agradecerle el gesto, y tuvo la curiosidad de conocer a su benefactor, así que se llegó al colegio, a la hora de la salida de los chiquillos, y su hijo le señaló cuál era su profesor. Se saludaron y hablaron algunos minutos y, antes de separarse le confesó el padre del alumno: “yo no creo ni en Dios ni en los curas, pero para mí… ¡Dios es usted!” Jesús había dicho: “Verán vuestras buenas obras, y glorificarán a vuestro Padre del Cielo”.

 

En el convento se hizo muy amigo de los hermanos legos, aunque tenía prohibido hablar con ellos de temas espirituales para “no confundirlos ni sublevarlos”, así que les organizaba partidas de dominó para entretenerlos en las aburridas tardes de los domingos. Estos humildes frailes, sin estudios ni preparación, se las ingeniaron como pudieron para escribir una carta a sus Superiores, diciéndoles que no entendían cómo un hombre tan bueno podía encontrarse en tan penosa situación.

 

En los últimos meses del año 1964 fueron mejorando las cosas, y le permitieron recibir alguna visita de corta duración, visitas que aprovechábamos para llevarle cartas, noticias y cariño de tanta gente que esperaba su liberación, oraba por él y le acompañaba desde lejos. Regresábamos asombrados de la paz que transmitía, la alegría que conservaba y la fe con que vivía, esperando contra toda esperanza. Nos hablaba de La Virgen y de cuánto le consolaba y qué cerca la sentía, hasta que…sonaba la hora, porque se había agotado el tiempo, y debíamos marcharnos.

 

Recordando aquellos años difíciles, escribiría más tarde en una carta:

 

 “Únicamente Dios, nuestro Abba Bello, puede darnos alegría singular en circunstancias tan penosas, pues mirada mi situación desde un punto de vista humano, es horrorosa: la peor que estaba en manos de los que me castigan. Más no pueden. Si hubieran podido más, lo hubieran hecho. Y, sin embargo estáis tranquilos y lo estoy yo. Sufrí embates terribles el primer día, y mucho aunque no tanto los días siguientes; pero ya en éstos Dios me adormecía y hacía que se me pasaran las horas sin sentir.”

 

El lector que no conozca detalles de la historia de esta persecución, se preguntará, lógicamente, por sus causas. Y lo tremendo es que, el único “delito” cometido por el P. Ayúcar, fue el de vivir y enseñar a vivir la caridad con todas sus consecuencias. Aunque, por otra parte se explica tal intolerancia, recordando la pregunta de Jesús a sus agresores: “Muchas obras buenas he hecho entre vosotros. ¿Por cual de ellas me apedreáis?”. Y es que La Historia se repite.

 

* * *

 

El año 1965 nuestro amigo es destinado a Montilla, “desterrado”, en expresión suya, y siempre alejado de Madrid, aunque con autorización de recibir visitas, y realizar algunos trabajos apostólicos; por ejemplo, es enviado como misionero a Ceuta. Allí pronto atrae a los fieles con su manera sencilla y clara de explicar El Evangelio, su trato entrañable y su acercamiento a todos, de manera que una fama de hombre santo empieza a rodearlo, e incluso los musulmanes quieren escucharle; así que obtiene un permiso del Imán, y empieza a predicar en las mezquitas con un éxito tal que, en varias ocasiones, quieren sacarle a hombros como si de un diestro se tratara. Y es que el amor no pasa inadvertido.

 

Ni el mismo P. Ayúcar sabía que años más tarde, cuando redactara su obra El Evangelio y los Santos de las Grandes Religiones, recogería en ella suras del Corán y afirmaciones de Mahoma tan bellas, que las recordamos aquí: “Todas las casas tienen su llave; la del Paraíso es el amor a los pobres”. “A quien vista al desnudo, lo vestirá Allah con los verdes ropajes del Paraíso”.

 

De regreso a Montilla se encuentra con el Padre José María Medina, y en el Centro Misional de la ciudad, proyectan hacer un libro que reúna exclusivamente textos de La Sagrada Escritura, sin el menor comentario o línea del P. Ayúcar, que continúa con la prohibición absoluta de escribir. Fruto de este proyecto es el libro Del Mensaje de Cristo, con prólogo del propio P. Medina, que tardará en salir, pues no lo hará hasta el día 2 de junio de 1967, en los talleres de Gráficas Palomares, S.A. La portada y los dibujos son de Francisco Izquierdo, amigo de un matrimonio que colaboraba con del P. Ayúcar. Él era Director del Movimiento de Jóvenes de Acción Católica, Director del Museo Municipal de Madrid y Catedrático de Historia en la Universidad Complutense. Sus alumnos decían que aprendían con él y de él; y era verdad porque, además de un magnífico profesional, fue un hombre tan de Dios que, no se limitaba a atender a su familia, amigos y alumnos, sino que se ocupaba de cualquiera que lo necesitara o le pidiera ayuda.

 

La introducción de este libro comenta:

 

“A menudo personas espirituales han edificado su espiritualidad sobre palabras buenas de hombres buenos, pero es un grave error que la base principal no fuera las palabras de Jesús. Él es insustituible.

 

Cierto que en todas partes Dios se hace encontrar por los de buena voluntad, pero en ninguna parte con la facilidad, autenticidad y altura que en El Evangelio. Las Cartas de los Apóstoles son su prolongación.

 

Siempre se cumplirá lo que dijo Jesús: “El que no edifica sobre mis palabras, edifica sobre arena; mas el que las oye y las cumple, edifica sobre roca.”

 

Una voz sonó del Cielo que dijo: “Este es mi Hijo, El Predilecto, escuchadle.”

 

* * *

 

El tiempo va pasando, y llega al fin la autorización para que El P. Ayúcar abandone Montilla; pero cuando se propone su traslado a otras provincias, ninguna quiere hacerse cargo de él por temor a posibles problemas. Ninguna, menos ¡Córdoba!, que le recibe con los brazos abiertos, tanto en el Convento de San Hipólito, donde residirá, como entre los fieles en general.

 

En ocasiones se pregunta uno “qué algo” o “qué todo” de especial tendrá esta ciudad singular, que albergó pensadores, poetas, artistas, músicos y místicos, de la talla de Ibn Hazm, Maimónides, Averroes o Ibn Arabí, cuyas ideas y escritos serían recogidos años después, en las páginas de El Evangelio y los Santos de las Grandes Religiones, que venía ya gestándose desde ahora.

 

Hay una cita de Al-Hallaj, gran místico oriental, crucificado en Bagdad el año 992 que dice: “Para mí, el huérfano, hay un Padre a Quien puedo recurrir; y mi corazón en tanto viva, sufrirá por no poderLo ver”. Al leer estas líneas el P.Ayúcar, añade unas suyas, que merecen ser recordadas:

 

 “Ir con Dios Padre, a Su vera, y ser para Él la delicia, como una azucena que se abre en Su ventana cuando Él a la mañana se despierta; se despierta para venir a nuestra vera y velar cada uno de nuestros pasos hasta el fin”.

 

El P. Ayúcar permanecerá en Córdoba hasta el año1970, siempre alejado del centro de España. Le habían ofrecido un destino en Madrid, en la Casa Profesa de la calle Maldonado, o en cualquier Residencia o Casa que eligiera, y en el cargo que deseara. La única condición era que no predicara la caridad. Su respuesta fue contundente: “yo no me he hecho sacerdote para traicionar al Evangelio”.

 

Ni que decir tiene que se le veta la vuelta a la capital, y continúa en aquella ciudad, desarrollando una actividad rica y variada; asistiendo a los necesitados, preparando nuevos libros y continuando con la formación religiosa de fieles que acuden a sus conferencias, charlas o a una nueva modalidad de retiros que él apellida “retiros-relax”. Son una combinación de meditaciones de la Palabra de Dios, explicaciones y coloquios, en un lugar retirado, apartado de la gran ciudad, y aprovechando un fin de semana largo, que rompa la monotonía del quehacer diario. Y la realidad era que los asistentes regresaban a sus hogares impregnados de Las Verdades Evangélicas, dispuestos a ponerlas en práctica, y bastante más relajados. Descansaban todos…¡menos el P. Ayúcar!, que además de llevar el peso de las conferencias, convivía con los asistentes, comía con ellos, atendía sus consultas, les recibía en su despacho y celebraba la misa. En realidad, quien más hubiera necesitado aquel relax era él, pero siempre andaba pensando en el bien de los demás, y todo le parecía poco para acercarlos a Dios, y para unirlos entre sí. Solía decir que el mejor regalo que podemos hacer a nuestro Padre Celestial es llevarle nuevos hijos, llenos de caridad y de fe, que aumenten su familia, y de los que pueda decirse: !cómo se parecen los hijos a su Padre!.

 

Comenta en una carta: “Aquí ando, un poco cansado de tanto trabajar, pero es preciso para ir suscitando en más partes hijos de Dios. Cuántos hay que al ver La Luz, exultan y la abrazan. Otros son más tardos, otros se irritan. Éstos que se queden en su engaño, puesto que quieren; pero a los otros, los ama Dios y los amo yo, y si puedo les doy la felicidad más grande de nunca, que es aprender a gozar de Dios y de su Vida, que es el Amor, y quedarse metidos en Su Corazón, que es el Cielo.”

 

La organización de estos retiros la llevaba, admirablemente, una señora que parecía nacida para esta labor, y que no ahorraba tiempo ni trabajo. El número de asistentes aumentaba y seguía aumentando, y hubo que buscar Casas de Espiritualidad de mayor capacidad. Se encargaba también ella de las inscripciones, horarios de comidas, distribución de habitaciones y cobro del módico precio de las plazas.

 

Al final, se pasaba una bolsa para recoger donativos para el P. Ayúcar, donativos que duraban poco en su bolsillo, porque ya los tenía destinados previamente a necesidades que él conocía, o que iban surgiendo a lo largo de los tres días de convivencia. La verdad es que se creaba un clima de cariño y unión entre todos, que cualquiera se ofrecía a echar una mano, a ayudar en esto o en lo otro; en una palabra, a vivir como hermanos.

 

* * *

 

El año 1970 el P. Ayúcar es por fin destinado a Madrid, con un destino estable, después de tantos años de confinamientos y destierros. Llega a la Residencia de la calle Cadarso, donde es muy bien recibido. De nuevo su labor tendrá tres vertientes: la atención a los pobres, la redacción de nuevos libros y el trabajo pastoral.

 

Los Hermanos de la Cruz Blanca, dedicados a enfermos crónicos y enfermos terminales, le piden su colaboración, y el P. Ayúcar recluta voluntarios que ayuden en el hospital, y él mismo los acompaña, los alienta y aconseja, y va creándose una sincera amistad entre todos, en la hermosa tarea de ayudar a los más desfavorecidos

 

Se crea en Madrid el llamado Teléfono de la Esperanza, que dirige el P. Serafín, de la Orden de los Hermanos de San Juan de Dios, y que atiende llamadas de gentes con problemas de toda índole. Un equipo de abogados, asistentes sociales, médicos, enfermeros y psicólogos trabajan, desinteresadamente, para atenderlos. Se va ampliando su radio de acción y su eficacia, y el P. Serafín y el P. Ayúcar se apoyan mutuamente y comparten iniciativas que impulsen esta gran obra.

 

En uno de los suburbios más pobres de Madrid, en el Pozo del Tío Raimundo, trabaja incansablemente el Padre Llanos, jesuita, con otros sacerdotes obreros. Desearían que el P. Ayúcar se les uniera, y fuera a vivir al barrio con ellos para atender más y mejor a los trabajadores; pero él opta por continuar en la Residencia de Cadarso, en pleno centro de la ciudad, donde poder llegar con más facilidad al pobre, al menos pobre y al rico; y simultanear así ese trabajo con la labor pastoral de predicación y dirección espiritual. Pero su amistad con el P. Llanos continuaría hasta el final y, cuando su labor en el suburbio o sus escritos en la prensa fueron cuestionados por algunos compañeros de la Orden, el P. Ayúcar se mantuvo siempre a su lado, y le manifestó su adhesión incondicional, y su gran cariño. Por eso, en la única ocasión en que tuvieron algunas diferencias en el enfoque de la caridad o en alguno de sus matices, le dijo Llanos a Ayúcar: “Miguel, no me contradigas nunca más en este tema, porque las acusaciones o los ataques de los demás no me afectan, pero tus reproches me llegan al alma y no los puedo soportar, pues conoces y practicas la caridad como nadie.”

 

Y aunque el P. Ayúcar no se estableció en el suburbio, se las ingenió para mandar a su amigo una ayuda eficaz, a través de una monja que se fue a vivir al Cerro del Tío Pío, donde fundó la Orden de Jesús Divino Obrero. Colaboraron con ella amigos y allegados del P. Ayúcar, y lo que empezó como una ayuda esporádica de dispensario y consultorio médico, continuó con la creación de una escuela de alfabetización, catequesis, y otras gestiones como la de la traída de agua a las chabolas. Más tarde se conseguiría el traslado de los vecinos a viviendas protegidas, donde iniciar una vida más digna. La Madre María Angela, dirigida por el P. Ayúcar, fue el puntal de todo aquello, y un enorme apoyo para la labor del P. Llanos.

 

La actividad pastoral de nuestro amigo continuó en la misma línea iniciada en Murcia y Córdoba. Nos reuníamos en Los Negrales, en la Sierra de Madrid, donde nos acogían con gran cariño las que regentaban La Casa de Espiritualidad.

 

También aquí había una señora que se ocupaba de todas las gestiones para el buen funcionamiento de los retiros-relax: organizaba las listas de asistentes, distribuía las habitaciones, presentaba a unos y otros cuando no se conocían, llamaba al comedor para el almuerzo y la comida, componía las mesas al gusto de los comensales, y creaba ese ambiente cálido y de bienestar que los que son muy de Dios logran, con la mayor naturalidad. Junto con el P. Ayúcar era el alma y el motor de aquellos días inolvidables que pasábamos juntos, escuchando La Doctrina del Evangelio y de las Cartas de los Apóstoles, y tratando de llevarla a nuestras vidas.

 

* * *

 

En Murcia, alojado en casa de una familia amiga suya, nuestro autor se pone a redactar un nuevo libro: Comentario a Los Evangelios. Desde allí nos escribe cómo lo va componiendo, recibiendo Luz de Dios, recogido en oración. Nos lo expresa así:

 

“Aquí solo, cojo El Evangelio y me pongo a leer. Cojo la pluma y me pongo a escribir. Le escribo a Jesús cosas de su Evangelio. Él goza viendo cómo le entiendo, goza previendo bien para muchos. Salen frases suyas oscuras, apretadas de sentido. Suelto la pluma y Le miro, le sonrío, nos reímos… Cojo otra vez la pluma. Mira y exclama: ¡eso es! ¿Quién me lo dice? Un pajarito que habla en mi interior. Se Le escapó a Él en la eternidad, se le escapó del corazón como un latido, como del pecho un Suspiro. Lo llaman Espíritu Santo. Ese es el Pajarillo que pía y pía y todo me lo cuenta, porque conoce el Corazón del Padre, porque conoce el Corazón del Hijo. Y “¿Quién entiende a Dios?”, exclamaba San Pablo, “Únicamente quien tiene El Espíritu de Dios, porque El Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios”.

 

En Fuenterrabía, continúa la labor de redacción, aprovechando el descanso de otras actividades, durante el verano del año 1968. Y tenemos noticia de cómo va su trabajo. Dice:

 

“Estoy preparando para la prensa el Comentario a los Evangelios, aunque muy poco a poco. Debo darle un empujón estos días, para entregarlo a mi paso por Madrid.”

 

Al año siguiente, esta vez desde Toledo, vuelve a escribir:

 

“Los libros del Evangelio aún no han salido, y temo que hasta Julio no estarán, fecha mala para la venta; pero no me importa, porque yo hice lo que pude, y lo demás pertenece a Dios”.

 

Ese mismo año saldrán dos tomos del Evangelio, Explicación y Espíritu, publicados por la Editorial Apostolado de la Prensa, de Madrid, y la Editorial Mensajero, de Bilbao en 1969.

 

Y es que El Evangelio y su difusión fue su preocupación central; porque a veces se le ha relegado, y otras no se le ha dado su verdadera importancia como algo tan primordial para la vida del espíritu, como dice él:

 

No es que se repudie paladinamente El Evangelio, pero sí se le arrumba y se suplanta con reglas, constituciones, costumbres, libros espirituales en boga, axiomas convenidos y tradiciones que parten, no de Cristo sino de más antiguo, (de la religión natural y de otras que nos colaron elementos suyos…); con todo este bagaje, se llenan las cabezas, se ofuscan las almas, se multiplican los libros y exhortaciones. Resulta que El Evangelio queda desvanecido; y, si alguno se vuelve a él, aparece tan distinto en su criterio, que queda reprobado” (La Dirección Espiritual, Capítulo 1.).

 

Un año antes, en 1968, se publican Las Reflexiones evangélicas sobre San Juan de Dios, fundador de la Orden Hospitalaria, y que vivió en el siglo XVI entregado a los pobres y enfermos. Luce en sus las páginas la gran caridad del santo, y su honda oración. El prólogo, hecho por Fray Fernando Lorente, O.H., Provincial de la Orden, es una invitación a vivir la doctrina salvadora, siguiendo el ejemplo del santo.

 

“Quien da al pobre, presta a Dios y le pagará su buena acción. El alma generosa será saciada” (Flp, 4,17). “Proteged al desvalido y al huérfano, haced justicia al humilde y al necesitado, defended al pobre y al indigente” (Sal, 18, 2). “En verdad os digo que todo cuanto hicisteis a uno de estos pequeños conmigo lo hicisteis” (Mt, 25, 40).

 

La inspiración y la pluma del P.Ayúcar siguen corriendo, y en 1971 vemos salir los Ejercicios Espirituales, en la Editorial Apostolado de la Prensa, de Madrid, y en la Editorial Mensajero, de Bilbao; aunque habían sido escritos en 1957. Sobre ellos comenta el autor:

 

“Estos Ejercicios Espirituales me los han pedido muchos. Son la fusión de dos tandas que me copiaron, una en magnetofón y otra a taquigrafía. La primera la di a unos doscientos estudiantes de Teología de Salamanca, procedentes de todas las diócesis, y la otra a una comunidad y noviciado de religiosas. La obra está compuesta, básicamente con los Ejercicios a los Teólogos. He incluido de los otros una plática y meditación del segundo día, y todas las del quinto. Algunos hubieran querido dos libros, pero no lo consideré necesario. Los dos primeros días no se recogieron en magnetofón, pero sí fielmente con mano rápida, por eso se notará en esos días mayor brevedad, y quizás menor viveza de expresión.

 

Imposibles de publicar en aquellos tiempos, cuando faltaban años para el Concilio, creo que hoy cumplen aquello del Evangelio: “Todo escriba sabio en el Reino de los Cielos coge para su tesoro, de lo nuevo y de lo viejo”.

 

“Si este libro resulta útil a tantos amigos míos sacerdotes, y a tantos más que espero conocer, éste habrá sido mi premio mejor”.

 

Nota: Cuando en el texto se hace referencia al volumen primero o al volumen segundo, entiéndanse mis libros El Cristianismo es Amor, o Dios es Padre, que con ésos números figuran en la presente edición del Apostolado de la Prensa, y de la Editorial Mensajero.

 

* * *

 

El año 1972 el P. Ayúcar es nombrado Superior de la Casa de la calle Cadarso, de Madrid, y se pone a disposición de todos, más a servir que a ser servido. Años después es reelegido y, tras este segundo mandato, pide ser cesado, y se le concede.

 

Desde la capital viaja con frecuencia a Toledo y a Talavera de la Reina, dando Ejercicios Espirituales en muchos conventos y a muchos seglares; y La Palabra de Dios va cundiendo, con la predicación, acompañada del ejemplo de quien va derramando bienes por dondequiera que pasa.

 

Durante el mes de julio de 1978, en Los Molinos, y el de Agosto en Torremolinos, prepara una” Selección de Salmos,”, eligiendo salmos enteros o casi enteros, o bien una mitad, o solamente fragmentos de ellos. Nos comenta:

 

He hecho una versión con ritmo castellano, literal en lo posible, fiel totalmente a la idea, excluyendo todo aquello que no concuerda por sus arrebatos menos evangélicos, y lo que pertenece exclusivamente a los judíos como tales; pues esto es asunto de su historia y sentimientos estrictamente nacionales. Resulta, por lo tanto, una selección no sólo de salmos, sino de versículos dentro de ellos. Queda así todo oro, y especialmente la fe sobresale y brilla nítida. Es un libro extraordinario, que espero luzca más con esta poda. Su utilidad será tan grande que justifica de sobra los pocos días que me retrasa el libro del Evangelio y los Santos de las Grandes Religiones.”

 

Algún tiempo después, el autor tiene la feliz idea de “musicar” estos salmos, eligiendo fragmentos de música melódica, clásica o moderna que servirían de fondo al recitativo de su voz. La grabación se hizo en casa de unos sobrinos suyos, que tenían un buen equipo, y una mejor voluntad de colaborar incondicionalmente.

 

Años después, en el 2002, un matrimonio a quien había casado el P. Ayúcar pasó la primitiva grabación de cassettes a CD, mejorando mucho la calidad; y en Córdoba, otro matrimonio, hizo su propia versión con sus voces, componiendo la música, y acompañándose a la guitarra. Resultó preciosa, y nos ayudó a aprender de memoria salmos enteros, casi sin darnos cuenta, al escuchárselos en las “Reuniones de Evangelio”, en misa, o en bodas de amigos; de manera que se convirtieron en algo inseparable de nuestros encuentros espirituales.

 

Recordamos ahora el salmo 89, igualmente musicado por ellos, y que tiene para nosotros un significado especial:

 

“Antaño revelaste a tus amigos:

he concedido mi asistencia a un bravo,

he exaltado a un elegido, encontré mi servidor;

con óleo santo le he ungido

y retendré mi mano encima de él;

el hijo de maldad no le podrá

y a los contrarios hollará su pié.

Mi amor y mi verdad con él irán,

y en mi Nombre su frente exaltaré.

Me invocará: “Tú eres mi Padre y Dios”,

mi primogénito lo haré,

entre los grandes el mayor,

le mantendré mi amor eternamente

y durará su estirpe para siempre.

 

Estos amigos cordobeses hicieron también un arreglo musical para Las Letanías a María, y lo cantaban, con su guitarra.

 

* * *

 

Años después se imprimirán los últimos Ejercicio Espirituales que dio el P. Ayúcar, esta vez en Badajoz. Se ocupó de la labor de imprenta su sobrina, gestionándolo todo, como siempre: el formato, los colores, el modo de disponer los títulos, el precio, la fecha de entrega, y otros muchos detalles que había que ultimar siempre. Es una de esas personas polifacética y hábil que, siendo médico de profesión, podría haber sido gestora de una cadena de imprentas, sin el menor fallo en su cometido. La Providencia la puso a nuestra vera, y ella se puso a disposición de las publicaciones, que iban saliendo con el ritmo adecuado, y que llevaban a muchos el espíritu del cristianismo. Su tío había valorado la labor, y se la había agradecido muchas veces, con una palabra de “fabricación propia”: Gramorix.

 

Significaba algo aún más expresivo que gracias pues, aunque empezaba igual que esta palabra, terminaba como “feliz”, y quería decir: “¡Qué feliz me has hecho!”. La dijo por primera vez a un matrimonio de Puentegenil, que lo llevaba en su coche de Madrid a Córdoba, y quería agradecérselo.

 

 

Un nuevo libro apareció, en 1966, titulado Salvación o Condenación, en boca de Cristo. Era una respuesta a un criterio en boga que iba ganando más y más terreno, y que negaba la existencia del infierno, del pecado, y de la condenación. ¡Todo vale, el pecado no existe y el castigo tampoco! Pero no es eso lo que dice Cristo.

 

En esta obra se habla de la conversión, de cómo amar a Dios por encima de todas las cosas, incluso de la familia, del poder y del dinero. Se analizan los pecados de omisión y de comisión; el escándalo, la hipocresía, la ira de Dios y el castigo en el infierno. Y también se considera El Cielo, La Vida Eterna, el Reino de los cielos, el Banquete de Dios. Todo, en boca de Cristo, no en criterios humanos, ni en opiniones mundanas, ni en modas pasajeras. Porque, “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras, no pasarán”, dijo Jesús.

 

Algo especialmente difícil es resumir bien. La capacidad de síntesis del P. Ayúcar queda probada en su Catecismo, de pequeño formato y solamente 56 páginas.

 

Construido con preguntas y respuestas, al modo tradicional en estos textos, nos lleva de manera sencilla y clara a las verdades más hondas; por ejemplo, al tratar el tema del Bautismo dice:

 

¿Qué hace el Bautismo?

 

-En el Bautismo se nos marca hijos de Dios y miembros de la Iglesia, y se nos planta una semilla vigorosa contra el pecado original. Y si es adulto, se le perdonan los pecados personales.

 

El Niño recién nacido y bautizado, ¿Cómo es hijo de Dios si no ama?

 

-Por concesión provisional de Dios. Pero si el niño al crecer crece en egoísmo, empieza a desaparecer su ser hijo de Dios.

 

¿Los hombres pueden aumentar su filiación divina?

 

-Ciertamente; en la medida de su caridad.

 

¿Un hombre puede cesar de ser hijo de Dios?

 

-Ciertamente; en cuanto se acaba su caridad.

 

¿Sin caridad vale el Bautismo?

 

-Sin caridad sigue el hombre adulto en pecado, aunque se bautice. Con caridad el Bautismo hace toda su obra.

 

* * *

 

Desde hace veinte años venía nuestro amigo trabajando en un libro ambicioso y complejo por su tema, aunque dirigido a todos, y especialmente a los de buen corazón y buena voluntad. Se trata de El Evangelio y los Santos de las Grandes Religiones. Era fruto de una larga recopilación de textos, y sobre todo de una gran Luz de Arriba proyectada sobre ellos. En una carta desde La Manga del Mar Menor, donde estaba redactándolo, nos escribía el autor:

 

“Me he venido con varios textos para recoger material para El Libro Grande; me colgué la cartera al hombro…y me he traído El Corán, en edición abreviada, Los Salmos del Peregrino, y La Guirlande des Oiseaux. Hoy empiezo a leer Le Christ demain frappe à votre porte. He terminado ya Toukaram, Kabir, La Mystique Musulmane, Diwan, de Al- Hallaj, Rencontre de L’Hindouisme et Christianisme”, y estoy empezando Tulsidas. No he visto más porque me lo tomo con calma para no cansarme, pero sobre todo porque lo primero es orar, y eso se lleva un disparate de tiempo. Pero lo primero es lo primero, y hay que sacrificar lo que sea por ser fieles a la voluntad de Dios. Además, hay cosas que se entienden en un momento y con profundidad después de iluminarse con la oración, particularmente cuando son libros de estas almas admirables de Dios. Y lo que es muy importante es leer sin caer en dudas, cogiendo lo bueno, desechando lo que no lo es”.

 

El trabajo continúa, y al año siguiente, al llegar el verano, aprovecha el paréntesis de su actividad apostólica y su atención a tantos, para ir a casa de unos familiares, cerca del Escorial, donde su sobrina le ayuda en la tarea de anotar textos y ordenarlos, para seguir redactando. Nos escribe desde allí, en agosto de 1974:

 

“Aquí estoy muy atareado; ya llevo unos treinta libros anotados. Sin embargo me doy cuenta que esta labor he de tomarla sin impaciencia ni vértigos, pues es larga. Seguramente Dios, a vueltas de esa dilatación dilatoria del término, calcula el tiempo propicio para la salida del libro. Como sabes gozo mucho con este trabajo, y con las lecturas de las páginas de estos santos, de estos inspirados…”

 

El verano de 1983, lo pasa el P. Ayúcar en un cigarral de Toledo, invitado por una familia amiga, y allí prosigue la redacción del “Libro Grande”, como le llamamos familiarmente. Nos comenta:

 

“Mi libro es otro de mis amigos, estoy con él casi todo el día. Es un modo de oración estar con él. Escribo más de lo que sé, aunque lo que escribo, cuando lo escribo, lo sé. ¡Bien conozco La Fuente que mana y corre!”

 

Hemos visto la mano de Dios guiando siempre los pasos del padre, interviniendo en su vida de manera palpable; haciéndosele el encontradizo de forma inesperada, con sorpresas que podríamos interpretar como “casualidades”, y que eran “acertadísimas maniobras” para llegar a buen puerto. Y a buen puerto llegó, mejor dicho, a muchos puertos, a través de una chica que por aquel entonces viajaba como azafata de cruceros y guía de turismo y que, con ayuda de otras compañeras, fue consiguiendo los libros que necesitaba nuestro autor.

 

Poco a poco fueron llegando, hasta formar una nutrida biblioteca, con ejemplares difíciles de conseguir en España, e incluso en las zonas de librerías especializadas de París y Londres. Pero, como lo que “es imposible para los hombres, es posible para Dios”, en pocos años logró reunir nuestro amigo más de cuatrocientas obras, de muy diversas procedencias, escritores y épocas. Unas estaban editadas en Japón, China, la India o el Tibet; Sikim o Buthan, Turquía y Egipto, Méjico y Guatemala; Ecuador, Perú y Chile o Argentina; otras en Estados Unidos; en fin… ¡el ancho mundo!

 

Fue ocurrente y curiosa la manera en que “aparecía” la Providencia a la hora de programar la agencia de viajes los destinos de algunas de sus guías o azafatas, pues se iban acomodando tan exactamente a los países y ciudades donde se encontraban los libros que le faltaban al P. Ayúcar, que terminamos por preguntarle en qué país estaban los que aún no tenía, para saber así cuál sería nuestro próximo destino. ¡Una manera original de enterarnos con anticipación, de nuestros futuros viajes! Y… ¡no fallaba! Le faltaba una obra publicada solamente en el Tibet, pues… ¡nos encomendaban un viaje al Tibet!

 

“El Libro Grande” quedó al fin terminado, y había que pensar en su publicación. Un matrimonio amigo del P. Ayúcar conocía a unos editores, y gestionaron todo con el mayor interés. También lo puso el demonio con toda clase de tropiezos e impedimentos: la edición provisional no acababa de salir, se retrasaban las pruebas y sus correcciones; pero todo se fue superando, y el libro salió el 6 de febrero de 1989, en la Editorial Alpuerto.

 

Recordamos una llamada telefónica de ese día, a las nueve de la noche, anunciándonos el autor que acababan de llegar los primeros ejemplares a su despacho y que quería que los viéramos. “Venid volando, nos dijo, coged un taxi; os lo pago yo”; típica ocurrencia suya, reflejo del cariño que nos tenía, y las ganas de darnos esa alegría.

 

Quizás tenga el lector alguna curiosidad por saber cómo empezó a gestarse este voluminoso libro. Pues, recordaremos que comenzó a ser redactado a raíz de una serie de lecturas de textos espirituales que fueron cayendo en manos del P. Ayúcar, cuando aún no proyectaba escribirlo. Nos comenta él:

 

“Me entusiasmó cuánto eran de Dios hombres como Buda o Mahoma, y cómo sentían La Religión, tan a compás del Evangelio y de Jesucristo, sin mencionarlos; y ascendiendo, ascendiendo hacia Dios, enseñaban el Cristianismo sin nombrarlo, vivían el Evangelio sin saberlo, y resultaban una maravilla espiritual incomparable. Entonces me puse a buscar sus escritos. Empecé con Historias de las Religiones, buenas para iniciarme en bibliografía al respecto, pero no más; porque únicamente las almas muy espirituales pueden captar las maravillas divinas. Los hombres de ciencia, por muy especialistas que sean, no alcanzan lo que pertenece al Espíritu. A menudo da risa la torpeza con que los sabios de este mundo, entienden lo divino.

 

Incluso los traductores, aunque sepan cómo se traduce literalmente un vocablo, no caen en que la traducción acertada y plena, trasciende la elemental de los ignorantes acerca del espíritu.

 

Sin embargo estas me hicieron un gran favor: el de iniciarme en la bibliografía al respecto.

 

Al principio tropecé con que apenas había libros. En las librerías mejores, rara vez había alguno; y en las buenas bibliotecas tampoco, pero Dios vino en mi ayuda, poniéndome cerca personas que pudieron traérmelos de casi todas partes del mundo”.

 

Después de estos comentarios, el autor da algunos consejos para orientar al lector. Dice así:

 

“Este libro no es necesario empezarlo a leer por el principio. En cambio cada tema sí será mejor, e incluso necesario, empezarlo, continuarlo y terminarlo conforme está; porque las páginas primeras orientan al lector y le facilitan y encuadran las páginas medias y finales.

 

No se ha de leer deprisa sino muy despacio; es muy hondo el contenido, no porque yo lo sea, sino porque las líneas, párrafos y páginas lo son, al haber sido escritas por los espirituales más profundos y sublimes que han existido. Por eso salen frases tan densas y tan altas que necesitan sosiego. Si se leen corriendo, a muchos lo mejor se les pasará desapercibido; pero con calma, con reposo, buena voluntad y sobre todo con alto espíritu divino, captarán maravillas.

 

Sepa el lector que propiamente no soy yo quien escribe, sino los santos más sublimes de las más admirables religiones, y El Espíritu que en ellas vivía y las ilustraba.”.

 

Pensábamos ya dónde publicar este libro. Confiarlo a la Editorial Alpuerto fue una precaución. Habíamos hablado de entregarlo, quizás, a una editorial religiosa; pero no podíamos arriesgarnos a que no pasara la censura, y tirar por la borda una labor de más de veinte años.

 

Ahora faltaba buscar el dinero para pagar a los editores. Varios amigos con buenos medios económicos prometieron su ayuda, que nunca llegó. En cambio fueron llegando pequeñas aportaciones de unos y otros, gente sencilla de poco dinero pero de mucho corazón, que sumadas permitieron la salida de la obra.

 

Cuando la leyeron los jesuitas, lejos de rechazarla, se deshicieron en elogios, acogiéndola con entusiasmo, especialmente en la Residencia de Cadarso.

 

El autor, sin el menor afán de protagonismo, ni siquiera había pensado en dar publicidad al libro, pero algunos compañeros de Residencia le propusieron diseñar un tríptico que recogiera opiniones de algunos profesores de la Universidad Pontificia de Comillas, tan destacados como Ceferino Santos, Profesor de Pensamiento Oriental, José A. García-Monge, Profesor de Psicología y Espiritualidad, Juan de Dios Martín Velasco, Catedrático de Fenomenología religiosa, José Gómez Caffarena, Profesor de Filosofía de la Religión y Teología Fundamental, y José Alonso Díaz, Profesor de Sagrada Escritura. La propuesta prosperó, y todos ellos colaboraron expresando su admiración de diversas maneras:

 

“Ruiz Ayúcar ha realizado un trabajo ingente y maravillosamente sugestivo al recoger en su libro “El Evangelio y los Santos de las Grandes Religiones” los textos antológicos y comentados de pensadores y fundadores de religiones de toda la tierra sobre los temas señeros del amor, el servicio, la inviolencia, la fe, la luz de arriba, la liberación, el final de la vida y Dios.” (Ceferino Santos).

 

“A través de la obra de Miguel Ruiz Ayúcar se nos facilita el diálogo con diferentes caminos religiosos que el hombre, de una manera apasionante, ha recorrido en busca de su verdad en Dios. Nos adentramos así, con respeto y lucidez en una senda espiritual transformante que, con un horizonte místico, nos lleva a la comprensión profunda del hombre y de su misteriosa vocación divina “. (García- Monge).

 

“Un verdadero tesoro que ha recogido con arte el P. Ruiz Ayúcar mirando no a la erudición sino al provecho espiritual del lector, muchísimo de lo mejor de los escritos de las grandes religiones. Para muchos católicos de formación tradicional será un auténtico descubrimiento que les ensanchará el corazón y les hará ver la realidad de que “El Espíritu sopla donde quiere, les ayudará a entrever cómo el Dios que es Padre de todos ha querido hacer real su voluntad de que “todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. (Gómez Caffarena).

 

“Los libros sagrados y los maestros espirituales de todas las tradiciones religiosas constituyen una de las fuentes más importantes para la iluminación de los problemas fundamentales del hombre. La obra de Ruiz Ayúcar, obra de una vida, ha recogido y pone al alcance de todos una buena parte de esa tradición. Y merece por ello nuestro agradecimiento.”(Martín Velasco).

 

Las máximas del más puro “evangelio” se encuentran no sólo en los libros sagrados del cristianismo sino también en otra literatura sapiencial fuera de él, que Ruiz Ayúcar después de inmensa lectura, ha sabido condensar en millar y medio de páginas de su libro. Un gozo para el espíritu y un gran aliento para seguir caminando por el recto camino”. (Alonso Díaz).

 

Nos llena de alegría leer juicios tan elogiosos de estos grandes teólogos y maestros, que conocieron bien al P. Ayúcar, y valoraron así de su obra.

 

Una vez más nuestro amigo cordobés, maestro en el arte de la recopilación, entresacó en julio de 1999, algunas frases cortas de cuatro capítulos del libro. El autor las revisó, y nos comentó:

 

“Se trata de un conjunto de frases mías bien seleccionadas, recopiladas y ordenadas en cuatro capítulos que dan lugar a un compendio breve pero intenso de lo que debe conocer y vivir un auténtico hijo de Dios. Es bueno tenerlo plasmado por escrito para poder echar mano de él en cualquier momento que se necesite.

 

Yo lo recomiendo, en general, para muchos porque es muy bueno, y no es fácil compendiar mayor número de sentencias importantes y transcendentes en tan poco espacio”.

 

Pues bien, ha llegado el momento de echar mano de ellas, y aquí están algunas, que pertenecen a la primera y segunda parte del texto, en los capítulos sobre la caridad y la fe:

 

Sobre la caridad.

 

 

“La caridad es el canal por donde fluye al mundo el amor del corazón de Dios”.

 

“La caridad es el Gran Amor.”

 

“El amor, que cuanto más humano más ata, cuanto más divino, más libera”.

 

“La caridad es la fuente de todos los bienes”.

 

“Sin caridad se es malo”.

 

“Amar es la realidad de donde brota todo bien”.

 

“La caridad es la plenitud de la ley”.

 

“Dios ama más a los que más quieren al prójimo”. (Leyenda de los diez que, en este mundo aman más a Dios.) Cf, página 358.

 

“Dios es amor. Quien ama, tiene a Dios”.

 

Sobre la fe

 

 

“La fe es una adhesión total a la Palabra de Dios, de mente y corazón.”

 

“La fe es firme seguridad de lo que esperamos, y convicción de lo que no vemos; es una divina fuerza luminosa, que entre sombras da su claridad”.

 

“La fe es un sexto sentido que actúa donde la razón pierde su competencia.”

 

“La fe es una confianza amorosa, una necesidad del amor del niño al Padre, una unión físico-cordial de la nada con El Todo.”

 

“Quien tiene la verdadera fe, quien se hace niño para Dios, encuentra a Dios. Quien tiene a Dios, se vuelve niño.”

 

“Es delicioso no ser, para poder ser. Es necesario ser nada en la caña, ser hueco para componer la flauta”.

 

“Somos nada. Soy el vacío que, envolviéndolo, la caña lo hace flauta. Yo soy el hueco, y los beneficios de Dios son la caña. Ama la caña al hueco de su interior, y hace con él su melodía. En su corazón ha hecho Dios un hueco para mí, y conmigo hace Él sus melodías”.

 

“El hombre ha de cooperar con Dios. Sólo los indolentes tienen fe en el destino; en que todo se arreglará sin moverse. Por lo general, el destino lo fabrican el hombre y Dios”.

 

“La fe que no es amor, está depauperada, si no anulada”.

 

“La fe, cuando es grande, pronto disuelve las penas”.

 

“Pide con fe y caridad. Siempre nos escucha. Pocos, tras el fracaso, siguen viendo el rostro de Dios que nos esconde el éxito y nos lo guarda en su corazón”.

 

“Aguarda sin desfallecer, no te canses que Él vendrá. Cuando Él viene, Él te da, cuando no viene, Él está, y no recibes tú, recibe Él.”

 

“Está triste El Amor si dar no puede; pero tú Le das tu fe cuando no tienes, y de Él lo esperas; y más Le das cuando más esperas; tú Le das cuando con fe te entregas, y te acercas y le pides, y recibes y Le besas.”

 

“Fe ciega es dejarse llevar de Dios, sin ver, sin conocer por qué y para qué, a dónde, ni hasta cuando; dejarse llevar recostado en la ternura de Sus Brazos, y en la seguridad de Su solícita omnipotencia.”(Cf. dos pasajes de la página 447).

 

 

Estos párrafos invitan a adentrarnos con más detenimiento en el libro, y a darlo a conocer en otros ámbitos; por eso se nos ocurrió acudir a una amiga muy introducida en los “medios diplomáticos”, que nos consiguió una cita de media hora, con el Director de la Liga Árabe Unida, para presentarle la obra. Estábamos citados a la una. Durante la conversación, el P. Ayúcar empezó a comentar suras del Corán, alternadas con versículos del Evangelio; a lo que respondía nuestro interlocutor con citas de Mahoma o con elogios de la Virgen María. Ibamos entrando en materia, el tiempo pasaba, volaba, y flotaba en el ambiente un bienestar y buen entendimiento que, llegadas ya las dos de la tarde, el Presidente nos invitó a comer para poder seguir hablando del tema.

 

Se lo agradecimos sinceramente, pero no lo habíamos previsto y no pudimos aceptar.

 

* * *

 

El “Libro Grande” y otros muchos serían colgados en La Red en el año 1999, gracias a dos amigos expertos en la materia y magníficos profesionales, que diseñaron una página Web. La dirección es: www.cristianismoesamor.com., y allí se encuentran a disposición de todo los que quiera consultarlos, leerlos o imprimirlos.

 

Dos años después, en el 2001, otro amigo del P. Ayúcar, también especialista en informática, con un interés y disponibilidad ejemplares, se tomó el trabajo de escanear las 1413 páginas del texto. Al año siguiente, y con ayuda de otro técnico, diseñó una base de datos; y cuando estuvo terminada, se hizo una presentación en La Escuela de Paisajismo “Castillo de Batres”, aprovechando el amable ofrecimiento de su Director, quien puso a nuestra disposición sus mejores aulas. El acto fue presidido por el Provincial de los jesuitas, Reverendo Padre Alfredo Verdoy, y por el Director de la B.A.C. D. Joaquín Luis Ortega. Asistieron también religiosas del Convento de las Hijas de María Inmaculada, de la Casa Central, religiosas Filipenses, y numerosos amigos de Madrid, además de otros llegados de Córdoba, Bilbao, Talavera de La Reina, Guisando a quienes agradecemos su interés y su presencia.

 

Le damos las gracias también al artífice de la base de datos por su desinteresada labor, sus largas horas de dedicación y el entusiasmo que puso en esta tarea que, sin su valiosa aportación, hubiera sido imposible.

 

* * *

 

Recordadas las “peripecias” y “avatares” que acompañaron a nuestro Gran Libro, volvemos al año 1991, dos después de su publicación, y a la Residencia de la calle Cadarso, donde vivía el P. Ayúcar acompañado del cariño y la estima de sus compañeros; aunque solamente algunos se daban cuenta de la talla de aquel gran hombre de Dios que andaba entre ellos, que alternaba su labor de apostolado, redacción de libros y atención a tantos, con otras tareas tan humildes como la de limpiar los platos después de las comidas. Había quienes “escurrían el bulto”, y sin embargo él… ¡se peleaba por el fregadero! Lo comprobamos algunos amigos que fuimos invitados a comer allí más de una vez.

 

También atendía el teléfono si los hermanos se ausentaban, aunque igualmente cogían llamadas para él cuando salía de casa. Y, todo hay que decirlo: las llamadas para el padre Ayúcar eran continuas, pues muchos acudían a él no solamente en busca de consejo, orientación o soluciones, sino para conseguir empleo; porque conocía a tanta gente que tenía ya una improvisada “bolsa de trabajo”, casera pero muy eficaz, desde donde iba colocando, remediando como podía, con ese perfil de la caridad que tan magistralmente había dibujado en sus libros.

 

Como podía… ¡pero podía mucho y muchas veces!

 

Aficionado al fútbol, avisaba la hora de tal o cual partido a los compañeros más “hinchas” que querían verlo; se unía a ellos, y el ambiente iba acalorándose o enfriándose, según el marcador o las jugadas. Si ganaba su equipo, el P. Ayúcar se “echaba un puro”, que podía ser un purito o un purazo, según la ocasión. Jamás se compró uno, pero siempre tuvo muchos: habanos, filipinos, brasileños, canarios, o caribeños. Se los regalaban los que conocían su afición y sus gustos. Lo mismo pasaba con el whisky. Bebía buen whisky de malta, o whisky mucho más corriente, según le regalaran; y nos encantaba ver a un hombre tan natural en su sobrenaturalidad, porque también de Jesús dijeron que era comilón y bebedor.

 

Tuvimos curiosidad por saber de dónde le venían esas dos aficiones, y se lo preguntamos abiertamente; tan abiertamente como nos respondió:

 

“A veces, al recibir en mi despacho, venia gente que conmigo desahogaba sus problemas, y hablaba y hablaba… y yo escuchaba y seguía escuchando, porque es un bálsamo para las penas irlas depositando en los oídos de quien sabe escuchar. Salían de mi cuarto reconfortados, llenos de paz, y yo… ¡me había terminado mi puro¡ sin dar la menor sensación de prisa, y aliviando ese rato que solía alargarse. El puro lo hacía más corto”.

 

En el caso del whisky, decía:

 

“Me viene muy bien para encajar malas noticias o reveses que sufren los demás, o penas de muchos que me van llegando; pero es que, aparte de eso, ¡me gusta muchísimo!”

 

Le vimos otras veces fumarse un habano en una sobremesa agradable, después de una comida, o cuando recibía la noticia de que se había colocado no sé quien, había sacado la oposición el otro, o le habían concedido un piso de protección oficial al de más allá…

 

A veces fumaba mientras escuchaba música clásica, otra de sus grandes aficiones. Conocía bien los mejores Maestros del Renacimiento, del Barroco y del Romanticismo; le gustaba la Misa Solemne de Santa Cecilia de Charles Gounod, y le encantaban los conciertos de guitarra, y el de Año Nuevo, retransmitido desde Viena, que procuraba no perderse.

 

También entendía de Arte, especialmente de Pintura. Contemplaba obras de Botticelli, Fray Angélico o Perugino, y se extasiaba ante buenas reproducciones de La Piedad de Miguel Angel. Se “perdía” a veces por el Museo Nacional del Prado, y le gustaba recorrer las salas del Museo Salzillo de Murcia, cuando estaba allí. En su despacho se veían láminas del Greco y de Rafael Sancio de Urbino. Apoyándose en ellas, oraba y descansaba.

 

Disfrutaba caminando por el campo, conversando con amigos o admirando la naturaleza “que nos rodea como un abrazo de Dios, y que es el mejor templo para hablar con Él”, comentaba después de algunos paseos que daba por una preciosa finca salmantina, invitado por una familia oriunda de la provincia, la misma que le había visto nacer a él.

 

Allí había buenas ganaderías, y se veían magníficos toros, buenos ejemplares que lucían su estampa. Al P. Ayúcar le gustaba verlos en libertad, pero también disfrutaba con las corridas. Más de una vez quisieron llevarle a la plaza sus amigos cordobeses o sevillanos, pero ¡nunca tenía tiempo! Por lo menos se asomaba a la tele para ver alguna faena de un buen diestro; pero no quedaba espacio para mucho más; aunque siempre lo tenía para Dios y para el prójimo, sus dos grandes “aficiones”, más bien sus dos grandes pasiones. Decía, a veces: “Es como si la caridad fuera mi vida y mi respiración”.

 

Le gustaba seguir las procesiones de Semana Santa en Andalucía, y siempre hacía un hueco para ir. Se mezclaba con la gente y piropeaba a La Virgen camuflado entre la multitud; y ya anciano, cuando le faltaban las fuerzas, se sentaba en el balcón de la casa de sus amigos de Puentegenil, y a través de las rejas, contemplaba emocionado la entrada y la recogida del paso de La Dolorosa y La Santa Faz, en la iglesia de La Trinidad de Córdoba.

 

* * *

 

Volvemos ahora a Madrid para recordar algunos homenajes a este hombre tan de Dios, que se los merecía todos. El año 1991 cumplía sus cincuenta años de vida sacerdotal, y muchos compañeros de la Casa de Cadarso, y de otras Casas, principalmente de La Casa Profesa, fueron a Alcalá de Henares para ofrecerle un almuerzo-homenaje; pues también disfrutaba con la buena mesa. Prefería el pescado a la carne, aunque se tomaba muy a gusto un buen asado de cordero o cochinillo, regado con vino de la Ribera del Duero. Su plato preferido era el cocido, que lograba hacer como nadie una señora cordobesa, artista en la cocina, y que se podría comparar con el famoso cocido de la Casa Lhardy, de la Carrera de San Jerónimo de Madrid, a donde lo llevaba un amigo suyo, antiguo alumno del Colegio de Areneros, para charlar y pasar un buen rato juntos.

 

Le gustaba el dulce: una milhojas con nata, un helado de vainilla o de leche merengada; y el flan casero que “bordaba” una señora de Sevilla. La receta corrió de mano en mano, y en casi todas las casas de familias amigas, salía a la mesa para acompañar una copa de cognac, y ¡el puro!

 

Diez años más tarde, un segundo homenaje llegaría para celebrar los sesenta años de su vida sacerdotal. Los jesuitas le hacían entrega de una placa de plata conmemorativa de la fecha, y el Padre General de la Compañía de Jesús le felicitaba desde Roma, y el Provincial desde Madrid.

 

Los malos tiempos quedaban atrás. La perseverancia del P. Ayúcar seguía adelante.

 

* * *

 

Recogemos a continuación otras publicaciones de nuestro autor, que iban sucediéndose. En 1992 sale una titulada Jamás, breve pero valiente y clara, respondiendo a algunas opiniones o tendencias que ponían en duda la autenticidad de Los Evangelios.

 

Dos años después aparece una traducción y selección de las Homilías de San Agustín, predicadas al pueblo por el santo en la Pascua del año 416, comentando una carta de San Juan; y en 1995, La Dirección Espiritual, que surgió al considerar una afirmación del Beato Ávila que decía que “de mil directores espirituales valer, vale uno”. A lo que añadió San Francisco de Sales: “Y yo digo que… de diez mil”. El P. Ayúcar, partiendo de esa incapacidad de tantos, explica cómo el Evangelio es una guía segura: “la luz que nos ilumina por dónde ir, el camino para llegar al Padre”. Apoyados en él podemos orientar nuestras vidas. Esto no descarta una Dirección que puede venir de quien conoce bien el Evangelio, tiene Luz de Dios y capacidad de discernimiento, sea sacerdote o seglar, y que será una gran ayuda en nuestro caminar hacia Él.

 

Poco después, nuestro autor escribe Hacia Dios, desde sólo y todo El Evangelio y Las Epístolas. Desde sólo y todo. Habla del Mensaje, de La Ley Nueva, de la religión falsa, de cómo amó Jesús… Esta voluminosa obra termina así: Sea la conclusión ésta:

 

Esperemos en el Padre que hizo tanto a Jesucristo; y que siendo tan poderoso se nos dio de Padre por Jesús.

Esperemos en Jesús, luz del Padre y palabra suya.

Esperemos en su Evangelio, que eso es conocer a Jesús.

Y amémonos los unos a los otros porque este es el mandamiento del Padre:

 

Que creáis en su Hijo Jesucristo y os améis los unos a los otros según que Jesús nos dio mandamiento de ello (1 Jo 4).

 

Y esta es la ley y los profetas. (Mt. 7).

 

Y este es el mandamiento de Cristo. (Jo 13).

 

Y en una palabra se cumple toda la religión:

 

 Amarás al prójimo como a ti mismo. (Rom 13).

 

Del Padre es imagen Jesús. Siendo como Jesús, somos imagen del Padre, hijos de sus entrañas y luz de su luz:

 

Amad para que seáis amados e hijos de vuestro Padre del cielo. (Mt 15).

 

Os amé como a mi Padre vi amarme eternamente; me visteis amaros.

 

 Igual que me visteis amaros, amaos los unos a los otros. (Jo 15 ).

 

En enero de 1996 aparece un librito de pocas páginas, Lecturas de La Biblia para el Gran Resto, abundando en la idea de que siempre se ha reservado Dios un resto de hombres que le han permanecido fieles, sin doblar la rodilla ante los baales, es decir ante otros dioses; todo ello apoyado en citas del Pentateuco, de Los Jueces, de Los Reyes, de Tobías, Ester, Judit, de Los Macabeos II, de Los Salmos y El Cantar de los Cantares, de Los Proverbios y del Libro de La Sabiduría; hasta llegar a Malaquías.

 

 

No Podemos olvidar la Colección de Artículos, hecha el mismo año, que recoge los que se fueron publicando en su día, en un Diario de Toledo, y que quedan así recopilados. Son de una gran variedad temática, como el que trata de la importancia de la libertad en la vida de un cristiano, que debe mirar por los demás y no limitarse al estrecho círculo de su familia, lo que podría llamarse “familismo”, pero no caridad con todos. Aparece también recogida la homilía pronunciada por el P. Ayúcar en la boda de su sobrina. Es un canto a la libertad que incluso podría parecer impropio para la ocasión; pero el estilo de Cristo es el estilo de Cristo. Les recomienda que sean libres del qué dirán, de los criterios del mundo, de las presiones familiares, de los hijos, de los padres; para terminar insistiéndoles: “sed libres mutuamente, sed libres para andar a su tiempo juntos, y a su tiempo separados. ¡Que bella unión de amor sin egoísmos mutuos ni ajenos; ¡amarse recíprocamente y amar a todos! Sed libres y seréis felices, haréis felices y seréis de Dios”.

 

A lo largo de estos datos biográficos ha salido con frecuencia la palabra “amigo“. El P. Ayúcar tuvo muchos, pero también feroces enemigos, pues el trigo crece junto a la cizaña.

 

Nosotros tuvimos la gran fortuna de encontrarnos con él en el camino de la vida, y fue nuestro mejor amigo; ya dice La Biblia que “quien encuentra un amigo encuentra un tesoro”. Pues bien, en la Colección de Artículos, hay seis dedicados al tema de la amistad, llenos de ricos matices.

 

Un nuevo libro, fruto de consideraciones “al calor del trato con Dios”, es el titulado Pensamientos, que apareció en 1977. Recoge 411 reflexiones, que nos leyó el autor a un grupo de amigos reunidos en una casa de campo de La Moraleja, a las afueras de Madrid. Allí “estrenamos” el texto, texto que va precedido de una oportuna aclaración del concepto de caridad:

 

“Amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo lo llamo yo Caridad.

 

Es chocante que la idea más importante del Cristianismo, de la Religión y de la Creación, no tenga nombre.

 

Por caridad se ha entendido generalmente la limosna.

 

Y no puede sustituirse con la palabra amor, pues por amor se entienden muchas cosas, y entre ellas una porción de cosas rastreras:

 

Amor significa la noble atracción maternal hacia el hijo, la de los esposos, la del noviazgo; a menudo la relación sexual, la actitud de una noche desvergonzada; y también el gusto por algo que nos encanta, como amo la música, amo el campo, amo las flores, etc.

 

Pero la idea de Cristo es respecto a las personas un amor entrañable, limpio, sincero, permanente, generoso, universal, que a nadie excluye.

 

Y lo hace por libre impulso del alma; sin necesidad de parentesco ni de atracción, ni de belleza, ni de méritos del otro; impulso celestial que de Dios se deriva al hombre; amor no singular sino plural; mejor dicho, universal, que abarca a todos; y para todos tiene vida, delicadeza, generosidad…

 

No se pasme el lector, ni lo considere increíble. Es una dádiva de Dios que nos viene de que nosotros a Él queriendo, la aceptamos; y Él nos la incorpora como un pedazo de Su Corazón.

 

Con este amor empezamos a ser Sus hijos, porque aunque todos los hombres están llamados a serlo, no lo son sino los que quieren y Le quieren, y quieren a los demás.

 

A este Amor lo llamo yo Caridad y también lo escribo Amor, con mayúscula, para diferenciarlo de los otros sentimientos a ras de suelo que llamamos amores.

 

Como una muestra, copiamos uno de los pensamientos del texto:

 

“La madre te ama porque a ella perteneces; si hubieras nacido de otra, le serías indiferente. En cambio Dios, te ama a ti por ti; y no porque hayas nacido de Él. Le interesas tú, no tus circunstancias”

 

Siguiendo con las publicaciones, hay una muy breve, El Apocalipsis, que ayuda a esclarecer este texto, a veces oscuro o confuso, pero que contiene bellísimos cantos.

 

Cumpliendo un deseo y una petición que le había hecho insistentemente gente de su entorno, escribe ahora un Comentario a las Cartas de San Pablo, que sería un complemento al Comentario al Evangelio y que, aunque había sido redactado a finales de 1962, se publica en 1998. En el prólogo Dice:

 

“Os confirmaréis más; y más confirmaréis a otros en que el Evangelio es todo caridad y fe; y por otro lado os capacitaréis para leer mejor y con mayor facilidad, el Nuevo Testamento. Este debe ser la lectura habitual nuestra, ni llegará jamás ningún libro a merecer la centésima parte de nuestra atención. Por este olvido o trastrueque de valores se ha llegado a incurrir en espiritualidades de hombres, en regresiones al Antiguo Testamento, en alejamiento del nuevo orden que Cristo instaura y del nuevo que Cristo crea”.

 

Otros Escritos salió de la imprenta en 1998. Incluye dos temas novedosos sobre una virtud que el autor llama La Yubencia, y que consiste en mandar a los subordinados con amor. Cristo insistió mucho en ello, pero los que mandan prefirieron, generalmente, destacar la importancia de la obediencia, porque les resultaba más práctico para poder mandar a sus anchas, aunque fuera con abusos. Pero Jesús, en El Evangelio, recalca la bondad que debe tener el superior con el inferior, y la dulzura de quien manda con quien obedece.

 

Ese mismo año aparecen La Vida Oculta de Jesús, seguido de Misterios para rezar el Rosario y de Letanías a María, escritos en Córdoba. El primero nos hace reflexionar sobre aquellos treinta años de la vida de Cristo de los que ignoramos casi todo, menos de los tres primeros, desde que fue concebido hasta su retorno a Nazareth, el pueblo de sus padres. Pero una vez que retornaron, pasados dos años, solamente sabemos que se perdió en Jerusalén. Nada conocemos después, hasta sus treinta años, cuando baja al Jordán para recibir el Bautismo con que bautizaba Juan Bautista. Hay reflexiones muy interesantes que brotan del amor a La Sagrada Familia y al entorno en que vivió. Da gusto recordar el pasado de Jesús y de su Madre, y los días juntos en la sencillez de aquel hogar.

 

El Libro de Oraciones recopila algunas muy conocidas, de uso común, y otras compuestas por el autor, como “La Poesía a Dios”, que ocupa las últimas páginas. Se deleita en nombrarlo Padre, Madre, Esposo, Novio, Flor, Color, para concluir: “todo lo eres mi Dios”; y remontarse luego a unas alturas de unión con Él, que recuerdan a los místicos sufíes, o a los hindúes, llamados Alvars.

 

Escribe así:

 

“Tú mi vida, Tú mi muerte, Tú mi Dios.

Aprieta, apriétame fuerte,

haz que los dos seamos uno.

Mas por vivir el amor,

aunque el dos, ya no es el dos,

sino el uno,

haz que el uno sea el dos!

 

¡No se puede subir más alto!

 

Para los que estamos a ras de suelo, compone un opúsculo de pocas páginas, insistiendo en la necesidad de la oración diaria, que suele quedar postergada o anulada por la precipitación de la vida, el ahogo de las ocupaciones, la facilidad de entretenimiento, la abundancia de diversiones o el materialismo que nos invade. El caso es que no queda tiempo para orar, o no sabemos buscarlo. Para paliar este mal, escribe: Sobre la Oración de cada día, explicando las distintas formas de hacerla, y dando algunos consejos útiles para los que quieren lograrla. Advierte de los impedimentos que pone el llamado por él “demonio anti-oración”, que se las ingenia para estorbarla con todas sus fuerzas, interrumpirla o hacerla imposible. Son unas consideraciones prácticas que pueden ayudar en nuestro trato con Dios y con María.

 

Del cariño y la devoción hacia Ella brotan unas Letanías a María, que el autor llama “Doscientos encantos a María, a modo de letanías”, (no para pedir sino para bendecir y gozar), pues solemos dirigirnos a Ella exclusivamente para pedirle ayuda; y es lícito y aconsejable, pero es también muy bonito alabarla y piropearla mientras la contemplamos. Eso hacen estas letanías que brotan de un amor, que va “in crescendo”. Por ejemplo, refiriéndose a Sus Ojos, dicen:

 

“En los ojos dos lucero,

dos imanes,

dos remansos,

dos lanceros,

dos resplandores de amor,

dos ventanas

de arcos finos coronadas,

cuando miran tus miradas,

asomado se ve a Dios”.

 

 

Continuando con los temas marianos, hay dos sermones dedicados a La Virgen y recogidos por escrito, uno pronunciado en Toledo en 1948, que llamamos familiarmente “el de Pigmalión”, porque empieza así, y el otro en Andújar, en el Santuario de La Virgen de la Cabeza, el año 1956. Los anotamos aquí, aunque sean de fecha muy anterior, porque aparecieron recopilados mucho más tarde.

 

El primero termina con una composición rimada, musical, muy eufónica, apoyada en unos versos de Gil Vicente. Dice así:

 

¡Qué graciosa es la doncella!

¡cómo de bella y hermosa!

Dime tú el marinero

que en la nave vivías,

si la nave o la vela o la estrella,

¡es tan bella!

 

Dime tú el aldeano

que a la fiesta venías,

si la moza, la danza, la trenza,

¡es tan bella!

 

Dime tú el riachuelo

que de lo alto venías,

si la sierra y la nieve,

la pradera y la hierba,

¡es tan bella!

 

Dime tú, el jardinero

que las flores cogías,

de tus flores y Ella,

¿cuál más bella?

 

El segundo cuenta tres sueños, que podrían ser realidades para alguien que tanto quiere a María. El primero es el de “un hombre valeroso”, el segundo el de “un cazador”, y el tercero el de un “Hermano de la Cofradía de La Virgen”. No sabemos cuál resulta más sugestivo. Sería largo copiarlos aquí.

 

En la Iglesia de San Ginés, de la calle del Arenal de Madrid, hay una capilla dedicada a la advocación de Santa María de la Cabeza. Fuera de la reja, en un recuadro, pueden leerse unos versos que compuso en su día Agustín de Foxá a La Patrona de Andújar. Sería interesante un estudio comparativo de los dos textos. No sabemos cuál superaría a cuál. ¡Quizás… sí lo sepamos!

 

Una familia muy amiga del P. Ayúcar conserva un artículo suyo titulado María nunca habló, dedicado a la señora de la casa, durante unas fiestas de Navidad. Junto con otro llamado María la Gran Colaboradora de Cristo, redactado en Córdoba en Mayo de 1999, y un tercero de 1989, llamado “María y Jesús“ (descubrimiento sobre María), se formó un librito que lleva por título Maria, y que los agrupa por su afinidad temática, aunque fueran de distintas fechas. Resultó una preciosa edición, encargada por una señora de Palencia, residente en Córdoba, que tuvo tan feliz idea. Se lo agradecemos sinceramente.

 

 

* * *

 

 

El año 1998 nuestro P. Ayúcar viaja a Córdoba para dar Ejercicios y Charlas a dirigidos suyos que llevan años organizando Reuniones de Evangelio por toda la geografía española. En ellas se lee y comenta un pasaje de los sinópticos o de San Juan, procurando que intervengan todos los asistentes, y se termina con una o varias oraciones. El objetivo principal es familiarizarse con las verdades evangélicas y vivirlas.

 

Estas “Reuniones” fueron cundiendo por Andalucía: Córdoba, Sevilla; poco después Málaga, donde las inició una estrecha colaboradora del P. Ayúcar que, más tarde se ocuparía de grabar en CD charlas y retiros suyos. Nuevas reuniones nacieron en Jerez, Granada, Puentegenil, Pozoblanco; y se extendíeron por Madrid, Villafranca del Castillo, Toledo, Talavera de la Reina, Miguelturra, (Ciudad Real), Vilanova i La Geltrú (Barcelona); de tal manera que La Palabra de Dios “cundía y se propagaba”, como dicen los Hechos de los Apóstoles. El P. Ayúcar las alentaba y promovía, así como otras muchas labores apostólicas; y para poder hacerlo, decidió seguir en Córdoba, siendo faro y guía de muchos, a pesar de su avanzada edad. Tenía ya 88 años; y nos preguntábamos de dónde sacaba este hombre la energía para “seguir en la brecha”, simultaneando la predicación con la redacción de escritos, la dirección espiritual; y la atención a todos, con una infatigable entrega, dándose hasta el final.

 

Aún encontraba tiempo para ir a ver a unas monjitas de clausura que vivían en las cercanías; o acercarse a Pedro Abad, a conversar con el imán de la mezquita de la ciudad, hombre de mucha caridad. Ya años antes, algunos jóvenes musulmanes eran asiduos de las Reuniones de Evangelio, y sabían bien sacar el jugo a muchos de sus pasajes, a la vez que aportaban versículos del Corán en línea con las parábolas o palabras de Jesús. Así se producía un intercambio fluido que a todos beneficiaba y a muchos unía.

 

Pero el tiempo iba pasando, y la salud y las fuerzas del P. Ayúcar iban disminuyendo. Necesitaba ya atención y cuidados especiales, que recibió con admirable dedicación de la familia donde se alojaba, que era más que su propia familia, y a la que nunca agradeceremos bastante sus desvelos, su incondicional ayuda y su amorosa asistencia. Cumplían lo que recita el salmo 41:

 

“Feliz quien cuida al débil y al enfermo,

el día de su desgracia, le cuidará El Eterno.

Vida y dicha en la tierra le prepara,

y, si un día dolencias le han deshecho,

vendrá a cuidarle y mullirá su lecho.”

 

El delicado estado del P. Ayúcar aconsejaba su traslado a la Residencia de los jesuitas de Alcalá de Henares, y así se hizo a finales de octubre del año 2003.

 

La cercanía de Dios y de María llenaron de paz sus últimos días, hasta que llegó aquel momento tan ansiado y anhelado por él de reunirse con Dios Padre, ese Padre que descubrió siendo muy joven y que nos reveló admirablemente. En sus brazos vivió y en sus brazos se dormiría, con el mismo final feliz de su cuento Miguel El Bueno, que un día escribiera para un niño que se llamaba como él. El cuento terminaba de esta manera:

 

“Miguel miraba a Dios absorto, estremecido, amante, y le suplicó:

 

No me separaré ya de Ti, ¿verdad?

 

No, no te separarás ya de Mí; siempre conmigo, no temas separación. Una noche tormentosa te dije: “Si me buscas, me encontrarás”. Me buscaste por el camino verdadero, por la caridad, y me encontraste; ahora, ¿quién nos podría separar?

 

Como una lluvia de rosas bajaban los ángeles; unos junto a otros componían una calzada orlada de rosales desde la cueva hasta el cielo. La iba a recorrer Dios con su hijo.

 

Miguel, advirtiéndolo, hundió la frente en el pecho divino, dormido, para mejor dejarse llevar del Amor.

 

Al día siguiente, la gente del pueblo comentaba que se había muerto.

 

Pero es que ¡se había dormido para mejor dejarse llevar del Amor!

 

Así se durmió dulcemente el P. Ayúcar, el 22 de noviembre del 2004, festividad de Santa Cecilia, Patrona de la música, él que escuchaba con frecuencia la Misa Solemne de la Santa, compuesta por Gounod, como fondo de sus ratos de oración.

 

El Padre López-Yarto ofició la misa “corpore insepulto”, y redactó una página necrológica en la que destacaba las virtudes de este jesuita insigne: “Apasionado del amor, la bondad y la misericordia de Dios Padre, pasó innumerables horas acogiendo la miseria humana, y las confidencias gozosas y tristes de muchísimos cristianos que acudían a él, y establecían vínculos estrechísimos de fidelidad y amistad en el Señor. Transmitió a muchos el gusto por la lectura de La Biblia, que había trabajado él mismo con gran dedicación, hasta elaborar una selección de textos especialmente significativos de ella, que llegó a ser ampliamente usada”.

 

En la homilía, resaltó la lealtad de sus colaboradores y amigos; no sin motivo, pues los fieles abarrotaban el templo; llegados algunos de lejos, viajando por la noche, para estar a las 10,30 en el funeral, y después en el entierro, en la Sacramental de San Isidro.

 

Unos días más tarde, el Padre Movilla, compañero de los años de Residencia del P. Ayúcar en Cadarso, nos ofició una misa, en la Iglesia de los jesuitas de Maldonado, con una conmovedora homilía, que nos caló muy hondo. Se lo agradeceremos siempre.

 

Una magnífica soprano amiga de algunos asistentes, acompañada por su organista, ponía el fondo musical a la ceremonia. El altar estaba lleno de lirios blancos y rosa.

 

Si tuviéramos que proponer un epitafio para la tumba del P. Ayúcar, podría ser algo así:

 

“Vivió para la caridad, con heroica fe, propagando La Verdad, dentro de la libertad”, libertad que él definió, expresivamente, como “el enorme margen del amor para moverse hacia los demás en todas direcciones, y con todas las velocidades”.

 

Pero quizás lo más indicado a la hora de dibujar su perfil para cerrar esta biografía, sería recordar aquella composición tan suya, “Ser Bueno”, que solía recitar al final de los Ejercicios Espirituales.

 

Sin pretenderlo, hacía su autorretrato. Dice así:

 

Ser   Bueno

 

 

“Si das a cada uno su derecho

y haces justicia al desvalido

que carece de patrono e influencia,

si no pones acechanza a hacienda ajena

ni a mujer que no te pertenece;

si al que te hizo mal, mal no le haces

y renuncias a venganza,

si al que te hace bien se lo agradeces

y guardas dulcemente su recuerdo,

si devuelves bien por bien

y aun superas el favor que recibiste;

si guardas el secreto que es de otro

para que muera contigo,

si al que cayó no le zahieres

ni le afrentas su bajeza,

si sientes compasión con el que sufre

y más compasión con el que peca;

si no sale de tu boca escarnio y burla

y la murmuración en tu voz no encuentra sitio,

si lo mejor no te lo arrogas

ni abandonas al prójimo las sobras,

si vino a ti el amigo y confió

y no quedó nunca defraudado;

si la sonrisa está más presta en tu semblante

que el disgusto y la displicencia,

si da tu mano quien pide con motivo

y acompañas un kilómetro al que medio necesita;

si eres más pronto al sí que al no:

piensa que eso es ser cristiano.

sigue adelante esta senda, que es senda de Dios,

síguela, que todavía… te queda por avanza.

 

Si lloras con el que llora

y penas ajenas son tus penas,

si haces sonreír al desdichado

y buscas al amigo en su desgracia,

si renuncias a la fiesta por servir al impedido

y dejas el espectáculo por descender al tugurio,

si derramas la alegría en tu contorno

y añoran deseosos tu presencia,

si recibes al pecador como una madre

y no hay condena en tu boca

ni desprecio en tu mirada;

si al malo tu virtud no echas en cara

ni le afeas despectivo su conducta,

si excusas su pecado;

y le das el cobijo de tus brazos,

piensa que eso es ser cristiano.

Sigue adelante esta senda, que es senda de Dios,

síguela que, todavía… te queda por avanzar.

 

Si eres báculo para el anciano

y padre para el huérfano,

si eres ojos para el ciego

y pies para el impedido,

si eres rico para el pobre,

y poderoso para el desamparado;

si no apartas el rostro del que te rogaba

y el pobre verdadero no quedó desatendido,

si tus pies conocían el camino del suburbio

aún mejor que el de la vía urbanizada;

si fuiste hospitalario con el forastero,

y con el pariente empobrecido,

si al que necesitó prestaste

aun para perder dinero,

si gastabas horas a la cabeza del enfermo

y al lado del afligido;

si fuiste la esperanza del que cayó en la sima

y la confianza del oprimido:

Piensa que eso es ser cristiano

y haber aprendido a Cristo.

Sigue adelante esta senda,

que todavía… te queda por avanzar.

 

Si tienes las manos abiertas

más para dar que para recibir,

si cuando dices que no,

nadie dudará que no puedes más;

si tu puesto no te engríe

y eres servidor de todos,

si cargaste con sus cargas

y cada noche tus espaldas van cansadas;

si al impertinente sufres

y al pesado y al rastrero sobrellevas,

si olvidas los agravios

y groserías dejas pasar inadvertidas;

 

si te alegras de felicidad ajena

y haces fiesta por su dicha,

si sus éxitos aplaudes

y le ayudas a tenerlos,

si ruegas por quien te hizo mal

y compartes con los pobres tus riquezas,

si das tu tiempo a los demás

y andas cansado porque

en hacer bien no descansas;

si llevas la paz a los hombres,

y la dicha y la concordia

son las huellas de tus pasos:

Piensa que eso es ser cristiano y eso es ser bueno.

Aún te queda un poco por avanzar.

 

Si soportas las injurias

y conservas la dulzura,

si ere más fuerte para hacerle bien

que el malo para hacerte mal,

si piensas en los otros más que en ti

y tu vida está vuelta a los demás;

si te arriesgas por el prójimo

y te metes en peligros,

si te empobreces por enriquecerle

y das tu vida por la suya;

si por su honor tu honor expones,

y aun tu gloria por la suya:

Entonces, ya eres del todo cristiano;

y eso es ser bueno.

no busques más,

que ya estás

en Dios.

 

 

 

 

  

 

 

 

 

Madrid, 13 de Mayo de 2004.

 

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