PRÓLOGO

 

 

Queridos míos:

 

Os dije hace tiempo que quizás os redactase algún día un comentario a las cartas de S. Pablo. Resultaría un complemento del comentario al evangelio, pues que ellas  complemento son del evangelio. De esa manera, os confirmaríais más y más y confirmaríais a otros en que el evangelio es todo caridad y fe; y por otro lado, os capacitaríais para leer con facilidad el Nuevo Testamento. Este debe ser la lectura habitual nuestra, ni llegará jamás ningún libro a merecer la centésima parte de nuestra atención. Por este olvido o trastrueque de valores se ha llegado a incurrir en espiritualidades de hombres, en regresiones al antiguo testamento, en alejamiento del nuevo orden que Cristo instaura y del nuevo que Cristo crea.

 

Veréis cómo Pablo, de una manera decidida, tajante, predica que ha caducado el sistema viejo y que ha principiado uno nuevo. Advertiréis la oposición violentísima que se le hace y la contradicción implacable que se le abalanza, al igual que ya antes con Cristo dio en la cruz.

 

La peor guerra levántasela a Pablo de parte de los de dentro, no de los de fuera; ni acaba el apóstol de hacerse con los que primeramente estaban llamados a ser las primicias de Cristo y el fermento de la masa.

 

Los que parecían más próximos a Dios fueron los más resistentes a la verdad, tan anclados en sus tradiciones y modos de espiritualidad que no quedaba sitio a la fe. Vivían en sus espiritualidades igual que hoy les sucede a tantos; no viven de la fe; y cuando Dios quiso enseñarles tal o tal modo o verdad o regla de conducta, o cambio, o lo que fuese, no hubo forma de que aceptasen porque ellos todo lo tenían reglamentado, determinado, terminado. Pegados como lapas a sus esquemas y disposiciones, no vivían de la fe y carecían de su fluidez.

 

Es éste un acontecimiento permanente de la historia de la espiritualidad. Juntas van la fe, la libertad, la verdad y la caridad, y juntas desaparecen. Ni hay mayor enemigo de éstas que una espiritualidad distinta. Por eso a Cristo lo mataron los de la otra espiritualidad, y a Pablo lo acosaron sin descanso.

 

Los espirituales judíos, unos se quedaron fuera de Cristo paladinamente; otros se apuntaron a Cristo. Los primeros, que fueron los más, hicieron una guerra sin cuartel al nuevo testamento; de los segundos, muchos se empeñaron en antiguatestamentar el nuevo; tomando el nombre de Cristo y algunas aportaciones suyas nuevas, retrotraían lo nuevo a lo antiguo, con lo que se aguaba de tal modo el vino que apenas tenía sabor; todo seguía igual, lo de siempre, con algunos retoques o salpicones. Tales conservadores suelen autorizarse mucho sentando plaza de sesudos, tradicionales, observantes, rigurosos, exigentes e intransigentes.

 

Se ha cometido una injusticia o desfachatez con los judíos, echándoles en cara lo que no han cometido sólo ellos, sino gran parte de los que se lo inculpan. Pues sus fariseos denostados lo han sido por otros fariseos no de distinta laya, sino de distinto nombre. Y su resistencia al nuevo testamento no fue mayor,  que la que le opusieron y oponen muchos que se nombran cristianos. Aquéllos la oponían con el nombre de Moisés, lo cual es muy malo; pero éstos la oponen con el nombre de Cristo, lo cual es peor.

 

Notaréis una gran diferencia del estilo de Pablo al de Cristo; la sencillez sublime de Jesús es incomparable, sus dotes pedagógicas inigualables, asequible para la masa popular e irremontable a la par para el más sabio, poesía, ritmo, naturaleza, encanto; finalmente, la abundancia de contenido y la claridad del Mensaje no admiten ni de lejos parangón.

 

A mucha distancia, pues, hallaréis a Pablo. Sin embargo es, con Juan, el discípulo amado, lo más alto de la revelación.

 

No hay poesía y amor a la naturaleza como en Jesús, ni su efluvio popular encantador, ni la serenidad tersa de sus enseñanzas, ni sus imágenes bellas y transparentes inolvidables, ni el dulce fluir de las verdades más altas o la exposición fácil de lo más difícil e inextricable.

 

Pero sí hallaréis en Pablo un corazón rebosante de caridad, valeroso por demás, extremadamente sensible y tiernísimo; una paternidad maternal... Pero ¿a qué seguir? conforme vayamos leyendo, iremos viendo; y esa será la mejor semblanza y panegírico de Pablo. Iba a empezar loores, y así no empiezo el comentario.

 

Como lo escribo para vosotros, tengo la mitad de camino andado, porque conocéis la caridad y la fe al Padre y a su Hijo, sentís su espíritu y es toda vuestra vida el evangelio.

 

Con el Espíritu de Jesús es como se entiende su Palabra;, la ciencia poco hace, hasta el punto de que tantos doctores de borlas se afanan con sudores y multitud de horas, años y libros para no llegar a lo que un ignorante de ciencia, pero lleno de Espíritu,  penetra y gusta sobreabundantemente.

 

Sin comentarios he visto entender bellamente las cartas de Pablo, ni entendían cómo hallaban otros dificultad.

 

Con todo, bueno es un poco de comentario, un poco de ciencia, para disponer la inteligencia a una más fácil y torrencial iluminación del Espíritu. Puesto que hay palabras que no significan igual entonces que hoy, y existen alusiones a hechos de que conviene informar y respuestas a mentalidades que no son las de ahora y problemas en medios diferentes. Equivale a enseñar el alfabeto correspondiente. Si además Dios me da apuntaros en cierta medida la vibración del Espíritu, habré realizado un comentario adecuado. Dios nos lo conceda.

 

Todavía os he de adelantar algunas advertencias generales y en la continuación del comentario irán surgiendo otras. Pero ahora pondré las que de momento se me presentan, particularmente para la epístola a los Romanos que será la primera.

 

Advertiréis que predomina un tono de polémica. Es que se encuentra Pablo en medio de la gran marea que trata de judaizar el cristianismo. Muchos judíos se han bautizado; ellos por prestigio, antigüedad y la predilección de Dios sobre el pueblo hebreo, son los llamados a constituir la solera del cristianismo. Pero les cuesta renunciar a la espiritualidad antigua, ni acaban de entender que haya que hacerlo. En los primeros años del cristianismo su independización de la sinagoga no fue súbita, sino paulatina, ni había terminado de ser completa ni en todos los medios ni en todos los criterios. La influencia, por tanto, de estos judíos bautizados eran enormes. La Iglesia de Jerusalén compuesta exclusivamente de judíos, conservaba muchos modos y reglas veterotestamentarias.

 

Pablo es el que tiene una luz más clara y desde luego una decisión más irrevocable a que el cristianismo viva toda su novedad, toda su esencia; ello implica una plena independencia de la ley de Moisés, pues que ésta ha terminado absorbida en una más alta que es la de Cristo.

 

La guerra que se hace contra Pablo es encarnizadísima, de parte de los judíos de dentro y de los de fuera. Con todos habla a menudo Pablo, conversa, confiere y discute; las dificultades que le oponen son tremendas y sutiles, con la Biblia en la mano, puesto que de judíos y de la palabra de Dios se trata. De ahí que al escribir Pablo y prevenir a los cristianos, ora procedentes de la gentilidad, ora del judaísmo, que todos andaban mezclados en las comunidades primitivas, emplea un tono de polémica. En la que está enzarzado desde hace años y golpea fuertemente en puntos tales.

 

De formación cultural y farisaica y frente a contrarios de tal procedencia, utiliza métodos de tal cultura. Lo que puede decir con otras palabras, exprésalo con líneas de la Biblia, aunque en tal caso determinado no añadan fuerza, sino la devoción de pronunciarlas.

 

Emplea igualmente acomodaciones de la Escritura, que  aunque no son perfectamente probatorias, eran modo de ellos de exponer y discutir.

 

Esas sutilezas agudas e intrincadas, son reminiscencias de las escuelas teológicas en que se formó.

 

No se espere en la discusión y razonamiento esa lógica de pasos y esa nitidez característica de la cultura helena o de nuestro occidente helenizado; no es matemática sino esa lógica que convence más de una conversación aparentemente desordenada, con sus avances, paradas, retrocesos, paréntesis y salidas de tema, es una lógica menos escolar y más humana.

 

Las mujeres, incluidas las helenas y las occidentales, son de esta lógica desordenada, no sistemática, que procede por saltos, por pinceladas sueltas, que responde más que a un orden preconcebido, al orden psicológico del interlocutor.

 

En parte a esto pertenece el uso descontorneado de ciertos vocablos muy ricos de sentido y sin embargo, o por eso, nada precisados en sus contornos. Considero inútil querer precisárselos geométricamente al lector, pues seguro que para el mismo Pablo quedaban con contornos imprecisos; no por torpeza, sino por la misma riqueza de las ideas que se resisten a encerrarse en un vocablo de aristas fijas y superficie cerrada.

 

Esto nos sucederá en los Romanos, con las palabras justicia, gracia, pecado, muerte, ley, carne, espíritu, fe... Ya las iré significando a su tiempo, para no entretenernos demasiado fuera del texto.

 

Solamente os prevendré acerca del primer vocablo "justicia"; en Pablo no significa tanto la justicia de Dios o la de los hombres, en el sentido usual moderno, cuanto la santidad y perfección virtuosa con que Dios nunca hace el mal y menos injusticia a nadie, sino el bien a todos y dádivas incontables de Su predilección.

 

Es el relumbro de Su santidad respecto de los hombres, o sea, Su bondad, Su caridad, Sus promesas generosísimas, y la verdad de ellas y la fidelidad a ellas. Es muchas cosas así.

 

Y por consiguiente en los hombres "justicia" con tal léxico significa correspondientemente nuestra virtud, santidad y ser hijos de Dios, con los atributos consiguientes. Lo traduciré santidad ("justicia") para que por un lado sepáis que en tal caso no ha empleado Pablo el vocablo "santidad" y por otro, no incurráis por olvido en el escueto significado actual de justicia, con el que os armaríais un enredo.