AMOR A MARÍA

Sermón-1948.Toledo

P. Ayúcar

Amados hermanos míos en N. S. Jesucristo:

[Pigmalión]

Pigmalión, famoso escultor de Chipre, allá por los Siglos antes de Cristo según la fábula griega, cinceló una estatua de marfil que al mirarla, se creyó ante una mujer viva, preciosa mujer a la que únicamente el pudor la mantenía inmóvil. Y tanta y tal era su expresión, que el escultor llegó a prendarse locamente de ella. Tan viva le parecía la estatua, que recurría al tacto para salir de su obsesión; y aun así, la duda le continuaba. La engalanó con joyas, la cubría de flores, y rogó al Cielo que le diese una esposa semejante a ella, o que le diese vida.

Un día la abrazó; y he aquí ¡sorpresa! que abrazándola sintió mórbidos sus labios al besarlos, y vio que se le alzaban sus recelosos párpados, y que sus ojos virginales se posaban pudorosamente en su arrobado amante, en su creador... ¡y el marfil se hizo carne!

* * *

Eso pasó con María. Solo que el hecho resultó del todo histórico y más bello. No es historia de la Tierra, sino historia Celestial.

Dios la ideó en su fantasía y se enamoró de Ella. Produjo rosas para sus mejillas, nieve cálida para su piel, sus cabellos oro los cortó en hebras flexibles sutilísimos, cinta de púrpura aplicó a sus labios, sus manos cuajados copos de nieve, sus dedos en cada uno un lucero, y sus ojos dos estrellas. De alborada y de gozosa plena calma tras la tormenta, mezclándolas, hizo su mirada; y su aliento, perfume de todas las flores; perlas sus lágrimas; y su sangre, de cáliz a medias con Cristo, llenado para ambos; pues su sangre la compartió el Hijo divino la suya; Ella para darle a El vida; y El para dárnosla a todos.

* * *

A su voz, la seguían las estrellas, a Ella la Estrella de la mañana. Los ángeles se gloriaban de tenerla por Reina, y los hombres por Madre. De las sierras altísimas corrían para los hombres los ríos de agua, mientras de Ella aún más alta, para nosotros corrían los ríos de Gracias.

Las flores se escapaban de sus tallos para lucirse orgullosas en el tallo de su tronco esbelto, lleno de savia celeste.

Y el océano inmenso, al que solo retiene en su cuenco la mano de Dios, ahora cabía en su mano pequeñita, adonde todos vamos a beber... y nunca se agota.

Pugnaban, que no reñían; pugnaban por agasajarla la palmera y la espiga, la enredadera y la parra; el nardo y la azucena, el ángel y el hombre, el Cielo y la tierra.

Tiene el ser humano (niño y niña) una tendencia innata a la mujer. Se les nota desde que nacen.

El niño ya mayor no se ha olvidado; y en su llanto o en su enfermedad llama a la madre.

El joven para su esparcimiento, compañía, paseo, tiende a la mujer; si es desenfrenado, a la mujer que se subasta; y si es recto, a la mujer esposa.

Ya ancianos, ella vivir puede sin él, pero él no puede o apenas vive sin ella.

En toda edad el humano enfermo gime por una mujer (lo dice la Biblia) que le cuide; porque para cuidar a un enfermo tiene las manos de seda y encanta su suavidad.

* * *

Pero... el ser humano, como malo que es originariamente, busca a la mujer casi siempre solamente por necesidad o por egoísmo. El bebé la busca por alimento y mimo; el niño como defensa de las iras paternas; el joven como portillo fácil para sus antojos; aunque hay casas por desgracia en que ella tiene que hacer de hombre, porque sus maridos son más descuidados con los hijos que los extraños, o porque al revés, son más condescendientes que la más débil hembra.

El joven a menudo busca a la mujer como picante de su pasión vil o campo de sus idioteces; el marido como ocasión de placer y sierva de sus egoísmos o por tibia continuación de la primera ilusión. Y el viejo, como báculo de su ancianidad, compañía de su soledad, solución de su inutilidad, y único amor en la tierra que no se le desvió.

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Pero, ¡ay!, tampoco la mujer encuentra lo que quiere en el hombre. Ni el hombre encuentra lo que quiere en la mujer.

La mujer busca en el hombre un amor que no se le da. El hombre busca hallar en la mujer tantas y tantas cosas, y tantas veces, y a veces qué pronto; ¡se equivoca!

No hay mujer que le dé todo cuanto espera, y tampoco cuanto necesita. Hay regiones del alma, de la felicidad, de la perfección y de la vida, que no se las enriquece el uno al otro porque no valen y son desgraciadamente imperfectos.

* * *

Atended, que os voy a contar lo que yo busco para mí, interpretando un anhelo que todos tenéis. Lo tenéis sin explicitar, sin acabar de enteraros; casi nadie acaba ni empieza a enterarse, pero todos lo tenéis si hay una pizca de bueno en vuestro interior, o una pizca de sensatez.

Oíd:

Yo busco una Belleza que no se marchite; que no manche la imaginación ni la conciencia; cuyos besos no queden fuera de los dientes; que no queden fuera de la piel, sino dentro, en el corazón; no en las comisuras de la boca, sino de alma a alma.

Una belleza que sea la mayor, no porque me sugestione, sino porque lo sea, y todo el que tenga ojos, si la viese, estupefacto la reconocería hasta perder el sentido.

Una belleza que lava los ojos con mirarla y aclara las pupilas. Una belleza que embellezca y sane con su posesión; hermosa cuando sonríe y aún más hermosa en su llanto; campanilla de plata su risa, perlas sus lágrimas, brisa deliciosa su aliento y perfume su olor natural.

Que cuando yo sueñe sueños imposibles de hadas, de ángeles y de princesas, siempre sepa que su realidad Ella la supera.

* * *

Yo busco un corazón que sepa que nunca traiciona; que nunca traiciona no por promesas, sino porque lo sé.

Un corazón que nunca disminuye; que si incido, perdona; si me alejo; espera; si suben mis amores, los supera; en la medida de mis ingratitudes su constancia, en la medida de mis olvidos sus recuerdos, en la medida de mis dolores, sus consuelos y dolores.

Yo busco un corazón tan sabroso que me duerma su sabor; tan tierno como regazo de madre; que en mis noches de penas, me recoja y meza; y a su vera lentamente vaya soltando de mi boca mis lamentos y mis quejas, en la dulzura de sus oídos junto a sus labios sabios y dulces, invasores de paz hasta lo más dentro de mi alma.

Un corazón que en mis pecados, cuando el mundo me abomine y me escupa, él me acoja y me dé gracia, y me lave y me limpie, y me abrigue y me cobije. Y cuando golpee la lluvia de mis penas mis cristales, él me traiga un rescoldo de fuego intenso a mi brasero y se siente a mi lado al amor de la lumbre, apretándome junto a él, "la Verdadera Lumbre".

* * *

Yo busco un placer que no me asemeje a las bestias; que tanto me inunde que tenga que decir ¡basta!; que no solo sea de superficies y de nervios, sino de lo más hondo que deja al alma llena de luz como un día de sol y llena de aroma como un jardín; llena de ilusión y llena de bienestar como invade al sano la salud.

Placer que sea tan grande que pareciendo un sueño, resulta que es todo realidad. Más aún, un placer que siendo tan grande realidad, todavía es solo un símbolo, garantía y adelanto de otros mayores que ni ojo vio, ni oído oyó, ni cabe en corazón humano ahora ni experimentar lo que es, cuando será.

* * *

Yo busco una madre que sepa mi porvenir; que sea siempre madre del niño que yo soy; que me dé un hermano que me ame como ella y mande como Dios; que sea capaz de convertirme a Dios en hombre y en hermano; que cuando yo duerma Ella vigile y cuando llore enjugue y recoja mis lágrimas y las convierta en perlas y gloriosas alegrías; que cuando yo muera venga a mi vera para guiarme a la Eternidad cogido de Su mano, y me suba hasta Arriba y más Arriba, a lo Infinito sobre todo lo soñado.

* * *

¡Esta mujer existe!

Sta. Teresa le pidió que fuese su Madre, y lo fue. Y Dios le había pedido que fuese su Madre, y lo fue. Y cuando un niño mendigo le pidió que fuese su Madre, también lo fue.

Y se lo pedí yo, y abrió los brazos y me estrechó como si no tuviera más hijo que yo, como si hubiera olvidado que tenía un hijo-Dios.

¡Esta mujer existe!

Es la Bendita entre las mujeres. La Santa de Hefta (Sta. Gertrudis) la vio como un lirio blanco de tres pétalos, iluminado por las tres Personas Divinas. El Cantar de los cantares como Reina, y otra vez como Pastora. El Santo lego de Mallorca, con un manto azul que cubría a los hombres. Noé la vio como paloma. E Isaías como la aurora del día.

¡Esta mujer existe!

En todas partes la encuentro: allí en la pared sobre mi cabeza vela mi sueño; y sobre la mesa anima mi trabajo.

En la hora de la Pasión Sagrada la veo en la roca del Calvario, desencajada, traspasada de siete puñales; y sobre la ola del dolor navegando triunfadora la paciencia de su amor y de su fe.

En mi hora del dolor me anima con su ejemplo, y enjuga con su mano blanda mis lágrimas, y me adormece sobre Su pecho.

En la inquietud de conciencia, Ella es el rayo de luz y la serenidad que se cuela poseyendo mi alma.

En la calle veo sus palacios que son iglesias; en el campo sus cigarrales que son mezquitas; en mis libros sus retratos que son estampas... Y unas veces la encuentro blanca como la nieve; otras, tostada del sol; unas veces con Dios en los brazos para dármelo, y otras con los brazos vacíos para que yo ocupe el sitio de Dios. La he visto de plata y oro, entre el oro de los tesoros; y la he visto de palo y escayola entre los palos de la humilde choza. Vi que la besaban los Reyes, y con besos apasionados la besaban los pobres y los míseros. Y a todos iba dando la esperanza, iba dando la paz, iba dando la belleza, la paciencia, la dulzura y el amor.

¿Quién eres Tú, que a mi te das? ¿Quién eres Tú, que cuanto más te trato, más me enciendes; que cuanto más te conozco, más me queda por conocer; que cuanto más me aman, más sobre todos me amas; y cuanto más me aborrecen, compensas con creces mis pérdidas de amigos?

¿Qué hada de mis sueños, o que sueño de hadas eres Tú? La más mujer de las mujeres, eres más que mujer; más ángel que los ángeles. ¿Qué eres Tú? ¿Quién eres?

Dios primero; luego Tú; y después de ti, nadie más.

* * *

¡Escuchadme, escuchad!

¡Yo amo! Y sobre el corazón llevo grabado junto al nombre de Señor, el nombre de aquella Dama que se sienta junto a Él. A la que sirven los ángeles y ante la que suenan las orquestas celestiales. Desde niño Ella me ha cobijado y se inclinaba sobre mi cuna. El cielo primero que vi mirando arriba, era su cara; y la primera experiencia de Dios, cuando me cogían sus brazos maternales. En las horas del dolor, en las noches oscurísimas, era el rayo de luz que acariciaba mi esperanza, regazo donde escondía mi cara y mis sollozos y Ella me cobijaba. Ángel de mi guarda, de continuo impidió que resbalara al precipicio y que nadie me ennegreciera. Amanecía en mi mente su cara en cuanto despertaba y como un sol radiante abrigaba y alegraba durante el día mi corazón. Y junto a Ella para mi estaba Dios.

Desde niño fui creciendo a su lado; y junto a Ella para mi estaba Dios.

Y a medida que yo crecía en años, Ella se mantenía en una inalterable juventud.

A menudo los hombres me han abandonado y fueron deleznables los amigos y se nublaron los de mi familia. Entonces Ella se ponía con El más a mi vera, y Ella sola era ganancia que resarcía con El todas mis pérdidas.

* * *

¿Te amo por madre o por bella?; ¿te amo por humana o por divina?; ¿te amo por tu encanto, por tu virtud o tu grandeza? No sé cómo me tienes prendido; lo mismo prendado tienes a Dios.

* * *

Desde antiguo está jugando Dios a recuerdos y retratos de María, a semejanzas suyas, a símiles y anticipaciones de Ella:

Un día soltaba una paloma, una paloma del arca flotante cuando el diluvio; otro día dibujaba en el Paraíso una mujer pisando la cabeza a la Serpiente; luego un Jardín fragantísimo rodeado de cercas inabordables; en cierta ocasión fabricó una nubecilla que se convirtió en nube inmensa después de tres años de sequía, nube cargada de todas las aguas de que tenía sed la tierra; en la noche recortó la luna para que fuera capitana de todas las estrellas; el sol le antecedió con la estrella matutina que es la más brillante, y plantó en el Paraíso el árbol de la Vida.

Era Dios jugando con tus fotografías, revolviendo tus retratos: ¡tanto te esperaba y anhelaba! Hasta que un día adelantó las horas y te envió un arcángel de embajada: el cielo se cubrió al exterior de rosas, que eran las cabecitas de los ángeles mirándote; mientras la Trinidad atendía, conteniendo el aliento, tu respuesta. Dijiste ; y fue una explosión de fiesta en los cielos, de la que hasta hoy todos los días se celebra la memoria. El Padre Celestial te confió su Hijo.

Bella y sin par, valiosa sin semejante, imán aun de los que son más duros que el hierro, hechizo que nos subyugas. He aprendido yo de Dios a confiarme en tus brazos. ¡Oh tus brazos poderosos que podían llevar al Hijo Eterno! ¡Oh manos suaves donde durmió la Suavidad Infinita! No has mostrado desdén a este hijo que soy yo, basto y de barro; sino que me cogiste con infinita ternura, como si yo fuera de Dios; no lo era sino en el deseo celeste; mas tú poco a poco transformaste mi rudeza en un ser celestial al que Dios ya le llama "hijo", y se inclina a la par que tú sobre la cuna de tu regazo a mirarme en él a mí, su nuevo y último pequeñín.

¡Oh María! te amo de tantas maneras; te contemplo de mil formas y ya sea yo grande, ya niño, ya pecador, ya justo, te bendigo y ensalzo, y todo mi ser se escapa a Ti.

Yo amo, y sobre mi corazón llevo grabado junto al nombre del Señor, el nombre de la Dama que se sienta junto a El; a la Dama en cuya cara se miran los ángeles, y en cuya alma se mira Dios. La prenda más querida de Dios... ¡Y la más querida mía!

Ella es la taza de la fuente, y yo el chorro del surtidor que danza dentro de ella.

Ella es el tronco de encina encendido, y yo la llama de fuego que juega dichosa en su seno.

Ella es la playa limpia y suave, y yo la ola que viene, y vuelve tirándose en su blandura.

Ella es el hilo de seda y yo el gusano que me envuelvo en ella.

* * *

¡Qué graciosa es la doncella,

cómo de bella y hermosa!

Dime tú el marinero

que en la nave vivías,

si la nave o la vela o la estrella

es tan bella!

Dime tú el aldeano

que a la fiesta venías,

si la moza, la danza, la trenza

es tan bella!

Dime tú el riachuelo

que de lo alto venías,

si la sierra y la nieve,

la pradera y la hierba

es tan bella!

Dime tú el jardinero

que las flores cogías,

de tus flores y Ella

¿cuál más bella?

* * *